Exámenes

| JUAN J. MORALEJO |

OPINIÓN

23 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

LOS EXÁMENES son una sombra de lo que eran cuando aquel profesor fue claro clarísimo en qué lecciones entraban en el examen: «Las cinco primeras y, además, la seis, la siete, la ocho, la nueve y la diez». No fue menos claro clarísimo el texto de Derecho Político que era materia de examen con doctrina de tanta enjundia como que «los partidos políticos pueden ser uno, dos, tres, cuatro o varios». Cuatro ovarios o más mandaba y tenía la prosa en cuestión y los suspendidos en ella tienen tanto derecho a indemnización como los del terremoto o la inundación. Los exámenes son, con licencia de Miguel Hernández, el coñazo que no cesa. En la tarde colegial la monotonía machadiana de la lluvia tras los cristales es una juerga de jeques en Marbella, si la comparamos con quemar tres horas viendo cómo Fulanito no toca ni bolígrafo ni folio, pero se come las uñas hasta el codo porque lo han pillao , que no salió lo de Leovigildo, que lo traía bordado. A su lado Menganita, frenética, necesitaría escribir a dos manos porque no le da tiempo a volcar todo lo que sabe de Atanagildo, e iguales prisas tendría con Ataúlfo y Recaredo porque Menganita es mucha Menganita y no hay tocho de apuntes que se le resista y amenaza con agotarme los folios, pero no creo que sea porque me tenga rabia, que ¡vaya usted a saber! a lo peor se la tengo yo a Fulanito¿ Un poco más atrás Zutano, semicatatónico mira al techo y de vez en cuando escribe un par de líneas, y no sé bien si hace anámnesis platónica o anámnesis de chuleta, pero luego veo que, si la anámnesis era de chuleta, la chuleta no era precisamente de ternera. Que Freud me explique por qué vigilando exámenes me he sorprendido leyendo ¡pero sin fruición! las páginas de economía y de esquelas. ¿Es liberatorio el parcial de Homero? Pregunta irritante donde las haya: al pollo le ha caído la suerte de que le permitan un lujo de etiqueta negra y pregunta si puede liberarse de ese lujo. Venir a Clásicas a liberarse de Homero es todavía mucho más necio que vender el coche para comprar la gasolina. En este momento tengo a un buen alumno haciendo un examen final y se vigila él a sí mismo porque en mi librillo de maestrillo el primer mandamiento dice que venir a Filología Clásica a copiar es la peor de las oligofrenias con flecos de autocrueldad mental. Para copiar en Filología Clásica lo único pertinente es apuntarse a otra carrera que tenga menos acusativos y mejores perspectivas. Si yo enseñase Quirúrgica, Materiales o Penal, mis exámenes serían de órdago y no se me iba nadie sin cerciorarme de que sabía coser la barriga que antes dejó al aire, o de que sabía cuánto hierro y cemento necesita la viga para no venirse abajo, o de que sabía distinguir entre eximente y agravante. Pero, puesto a sembrar la confusión en quisicosas muy aparentes, cuasijurásicas y escasamente comestibles, no me veo de lobo feroz en la Universidad de Santiago, y menos todavía después de hacer yo tres bacarrás seguidos en la del Tambre.