ROBERTO L. Blanco Valdés, mi buen amigo y mejor articulista, se lamentaba recientemente en estas páginas («Entre la gaviota y la rosa, la sociedad es coja», 12-06) de lo que consideraba algo más que un exceso verbal de Manuel Fraga, esto es, que «una eventual coalición entre el PSdeG y el BNG podría favorecer de algún modo el nacimiento en Galicia de un movimiento terrorista». Sin embargo, formas aparte, no creo yo que falte tanto a la verdad Fraga ni que sea tan descabellado suponer que si hoy día ya se percibe muy engallada la plaga nacionalitarista en ámbitos en los que ha logrado imponer sus códigos de comportamiento -verbigracia, la lengua- y su estética -por ejemplo, la bandera gallega estrellada, o los siniestros crespones de Nunca Mais-, más lo estarán, esos mismos nacionalitaristas, digo, en llegando al poder. Que usarán, que duda cabe, con la arrogancia, desprecio y sectarismo que Roberto Blanco tan bien conoce por haberlas sufrido en su propia carne. Porque lo que él vivió, mírese como se mire, es una forma de terrorismo. Incruento, si se quiere, pero terrorismo al fin y al cabo habida cuenta que el método es conseguir los objetivos (concretamente, tapiarle la puerta del despacho presionando al profesor Valdés para que diera sus clases en gallego) mediante el sutil terror de la violencia gestual. No quiero ser agorero pero, remitiéndome a la experiencia que se decanta en Cataluña o País Vasco, temo que si la coalición de marras llega a cristalizar, violencias de ese caletre veremos cada dos por tres. El gueto sicológico rebosante de odio hacia todo lo español en el que ha sido encerrada buena parte de la juventud gallega por los nacionalitaristas ha generado una violencia latente que no por remansada dejará de desbordar. De momento se encuentra relativamente contenida toda vez que los nacionalistas son intrínsecamente cobardes y sólo actúan cuando creen que van ganando. Y porque Fraga impone. Pero si se sienten fuertes, arropados por el mando en plaza y con gestión directa sobre ciertas competencias, como la educación, ejercerán su influencia extremista favoreciendo un entorno cainita, amparador de comportamientos guerracivilistas. Al ojo de águila de Blanco Valdés no se le escapa que si educación y cultura, es un decir, caen en manos de quienes él y yo sabemos habremos pasado, en un quítame allá esos textos, del nacionalismo al nazionalismo. La deformación moral, la justificación ideológica y doctrinal, la ignorancia calculada con que se ahormará a nuestra juventud sólo podrá conducir, en pocos años, a un arquetípico perfil humano espiritualmente degenerado, presto a ensañarse con todo aquello que de cerca o de lejos recuerde a España. No exagero, han bastado algunos años de educación nacionalitarista en la muy civilizada Cataluña para que el fascismo universitario sea una repugnante realidad. Por ello, si bien en el corto plazo las proclamas de Fraga podrían parecen exabruptos, las veo cargadas de razón al tomar en cuenta un horizonte temporal más amplio. Si actualmente los padres más prudentes tienen que enviar a estudiar fuera de Galicia a sus hijos, en previsión de la deformación intelectual y violentas presiones condicionantes a las que se exponen en la universidad, imagínense ustedes lo que sucederá cuando empiece el lavado de cerebro planificado desde la propia escuela, continúe en la televisión y, so capa de concienciación nacional, se expanda en subvenciones a obras y actividades racistas y neofascistas claramente antiespañolas. En fin, todos « celtarras ».