Aquí vai pasar o que vai pasar

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

SI LAS CLAVES del ayer se explicaron diciendo que «aquí pasou o que pasou», espero que me permitan pronosticar el futuro con idéntica finura: «aquí vai pasar o que vai pasar». Y si una tautología tan simple sirvió para meter a Iglesias Corral en la historia de la autonomía, también espero que me consideren un genio por decir ante ustedes tan solemne estupidez. La crisis de 1986 encerraba en sí misma todos los problemas que afloraron después en la política gallega. Y, si el PSOE de Sánchez Presedo no hubiese ayudado a cerrar en falso tan grave terremoto, quizá se hubiese ahorrado dieciséis años de destierro en la oposición y esta bicefalia de izquierdas que tanto le incomoda. Creo que las cuatro legislaturas cubiertas por Fraga no fueron más que un paréntesis en nuestro desarrollo político, que está a punto de cerrarse en el mismo sitio donde nos encontrábamos. Los grandes problemas del país (ordenación territorial, organización administrativa, modelo de desarrollo, vertebración de las ciudades y un largo etcétera) están inéditos en los balances del fraguismo. Y por eso se atisba una peligrosa tendencia a despachar los análisis del 19-J con la misma superficialidad con la que se cerró la etapa de Fernández Albor, como si todo se redujese a un juego de políticos que suben y bajan sobre un tablero inmutable. El alcance de estas elecciones se extiende mucho más allá de una vistosa batalla por los despachos de San Caetano. Porque lo que de verdad nos estamos jugando es la permanencia o la renovación de las estructuras del poder social y económico, o las rancias fidelidades sobre las que se apoya un peculiar modo de hacer y entender la política. Si gana Fraga, que aún es posible, todo seguirá igual, aunque con mayor sensación de decadencia. Si gana la izquierda, y emprende una profunda renovación de la política y de la sociedad gallega, habrán cambiado -para bien- muchas cosas. Pero en medio de ambas posibilidades también cabe una hipótesis en la que, después de proceder a un relevo sistemático de la nomenclatura política -el famoso «quítate tú que me pongo yo»-, nos diésemos cuenta de que la corte de avispados que revolotea en torno a San Caetano permanece inalterada. La clase política no es la parte más anquilosada de Galicia. Lo que más retrasa nuestro desarrollo son los clanes de poder que se reproducen en los aledaños de las instituciones y contribuyen a ejercer el fuerte control social que ahoga nuestras posibilidades. De eso estamos hablando, con más temor que ilusión, en estas elecciones. Porque Galicia es inercia en estado puro. Y porque el cambio verdadero, si ya anida en los líderes alternativos, aún no llegó a sus discursos.