«ES PREFERIBLE ser un Sócrates enfermo que un cerdo satisfecho», escribió Stuart Mill. Pero la mayoría de la gente creo que se inclina por lo contrario. La retórica de las obligaciones ha dejado paso a la lógica individualista de la competición, del consumo y del goce por encima de todo. El fin del arraigo de las normas morales en un universo religioso o incluso en el de un simple civismo laico significa, al término del proceso de deconstrucción de los sistemas morales tradicionales, el nacimiento del laxismo, la liquidación de las nociones de esfuerzo y de sacrificio en beneficio de un egoísmo universal. Basta ver el auge de los corporativismos, la deserción cívica de la ciudadanía y la multiplicación de los escándalos y las atrocidades: como botón de muestra, ahí está esa banda desarticulada hace unos días, cuyos integrantes violaban bebés y difundían las grabaciones. No es un hecho aislado ni casual. En todas partes, se ha bajado el listón, y así nos luce el pelo. El bienestar propio, la competencia despiadada, la búsqueda de la comodidad material y psicológica han sustituido las reglas tradicionales. Se habla ya del crepúsculo del deber. Por primera vez, ésta es una sociedad que, lejos de exaltar los mandatos superiores, los eufemiza y les resta credibilidad; que desvaloriza el ideal de abnegación estimulando sistemáticamente los deseos inmediatos, la pasión del ego, el goce intimista y materialista. El filósofo francés Luc Ferry ha escrito páginas muy interesantes al respecto. Está bien sospechar de los dogmatismos, siempre que eso no signifique caer en un vacío en el que todo cabe y todo vale. En tal caso, el ejercicio de la libertad ya no es más que egoísmo incontrolado, ciertamente una amenaza para el porvenir de la democracia y de la libertad. La existencia humana ha de tener un sentido, necesita un norte que, puesto que vivimos en democracia, debemos definir y construir entre todos, más allá del puro convencionalismo y de los simples intereses individuales o de grupo. Existen reglas y límites que no podemos olvidar ni traspasar, so pena de pagar un alto precio. La Babel moral es paralizante. Hablar de democracia supone hablar de ética. La democracia exige un comportamiento y una actitud ética por parte de los ciudadanos. Si los valores éticos no son cultivados por la ciudadanía, la democracia es una tremenda hipocresía, una burla a la dignidad humana.