es el título del libro de Hannah Arendt sobre el juicio que se celebró en Jerusalén contra Otto Adolf Eichmann en 1961. El subtítulo de su obra es La banalización del mal . Lo más inquietante del relato de Hannah Arendt es que nos muestra a Eichmann, oficial de las SS encargado de los transportes en masa de los judíos a los campos de exterminio nazis, como un hombre normal, un funcionario que declaraba cumplir con su deber y se enorgullecía de sus convicciones religiosas cristianas. Cuando se acaba de cumplir el 60 aniversario de la derrota del nazismo y de la liberación de los prisioneros de sus campos de exterminio, es necesario evocar la célebre frase de T. Adorno: «Imposible pensar después de Auschwiz». Ninguna ley de la historia había previsto nada tan trágico, ni el apoyo colectivo tan masivo de un pueblo a las fuerzas del mal. Este apoyo, que le permitió a Hitler llegar al poder tras un triunfo electoral y que se prosiguió con la hipnosis colectiva que producían sus proclamas belicistas y racistas, sigue estando velado en la sociedad alemana donde siempre es arriesgado preguntar por la vida del abuelo. La frase de Adorno refleja el impacto que sobre la razón tuvo el horror que se denuncia, pero es más difícil de admitir la fascinación que se produce en muchos ante el espectáculo del desencadenamiento de las fuerzas del mal. Sin este efecto de fascinación el nazismo no habría logrado el apoyo mayoritario de la sociedad alemana. El mal se nos aparece siempre como una manifestación de sinsentido al mostrar el fracaso de la razón, del pensamiento, del logos, de las Luces, o como quiera llamársele. Hoy no vivimos ese terror nazi pero, por su frecuencia y presencia mediática, el mal se vuelve una realidad cotidiana, y constituye la atmósfera de una amenaza suspendida sobre nuestras cabezas. Actualmente, la banalización del mal se alcanza por hacer de lo extraordinario algo que se repite a diario. Así, todos nos volvemos temerosos de los enemigos de la sociedad abierta en la que vivimos, a lo que ayuda hablar indiscriminadamente del mal. Esta masividad del mal provoca que, por el hartazgo, caigamos en la indiferencia. No tenemos tiempo para el dolor ni espacio para el duelo. Antes de haber terminado de oír una luctuosa noticia, la siguiente está en la antesala. No queda lugar para el olvido porque no tenemos tiempo para el recuerdo. La memoria ya no es necesaria. Pero esto no es sin efectos: el mayor de ellos es que el discurso actual vuelve la existencia de cada uno de nosotros una mera contingencia. Si la vida ya no necesita tener un sentido, ¿por qué la muerte, producto del desencadenamiento de las fuerzas del mal, habría de ser justificada? El aparato psíquico humano no está hecho para el sobresalto, para lo enigmático, para lo inexplicable. Por eso necesita consumir sentido y es por ello que una de las formas que adquiere la banalización del mal es la que consiste en explicarlo, proporcionándole sentido. Frente a esto es necesario afirmar que el mal, aunque sea inevitable, no tiene sentido. No tiene sentido pero sí tiene causa, causa que no es otra que la del goce destructivo del propio sujeto, el agente del mal. Porque el mal es un sinsentido actuado.