SON gigantes. Su sombra es enorme por lo que llevan vivido, por lo que saben. Se acerca el fin de las clases y se multiplicarán una vez más. Lo hacen durante el curso y en vacaciones. No fallan nunca. Los veremos en los parques, junto a los columpios, para que el nieto no se caiga. En las aceras, incansables, tirando del carrito. En las farmacias, para comprar apiretal, y en los supermercados, para los pañales. No hay distinción de sexos. Será que la vida enseña. Se portan igual ellos que ellas. Los abuelos hacen tantas guardias como las abuelas. Sólo hay que ir a la salida de una guardería para verlo. Allí están, diez minutos antes por si acaso, así los educaron a ellos. Tengo mi teoría sobre ese grado de entrega. Los hijos intuimos que no hay nada como ser padres, pero ellos, los abuelos, ya lo saben. Tienen muy claro que lo mejor de la vida es educar a un chaval. Es una pena que nos entreguemos a los trabajos o a los amigos como deberíamos entregarnos a los hijos. Erramos el tiro, pero ahí están los abuelos para recoger al niño, darle la cena, apuntar la toma de medicamentos, quedarse dormidos en el sofá, mientras vamos al cine, y todavía preguntan: «El niño no tose, ¿estuvo bien la película?». cesar.casal@lavoz.es