VIVIMOS EN una sociedad democrática y estamos orgullosos de ello, y cada cierto tiempo elegimos a nuestros representantes y a nuestros Gobiernos en distintos comicios. En Galicia, sin ir más lejos, el próximo 19 de junio decidiremos a quien queremos al frente de la Xunta. Es la grandeza de la democracia. Sin embargo, uno se estremece cuando, en las mismas páginas en que lee las propuestas de los candidatos, se encuentra con dramáticas noticias sobre acoso escolar con final trágico, violaciones de niños para comercio de imágenes en Internet, esclavitud sexual en ámbitos prostibularios, ajustes de cuentas a la colombiana, malos tratos familiares, etc., etc. Algo huele a podrido entre nosotros si todo esto ocurre impunemente en la sociedad democrática de la que tanto presumimos. En algo estamos fallando como comunidad, es decir, como padres, como policías, como periodistas, como jueces, como ciudadanos, como demócratas. No podríamos estar orgullosos de un sistema en el que no se persiguiesen debidamente esos males, esas perversiones. Por eso tenemos que exigir que las instituciones de la democracia sean implacables contra todo aquello que la daña y nos deshonra. Sin concesiones.