EL ESCUDERO hidalgo toledano pobre y benevolente que fuera tercer amo del Lazarillo tan frío de bolsa como caliente de estómago, tan vestido, remilgado y recompuesto que no hay más que decir, es ejemplo del quiero y no puedo. Pero ahora, la cosa es opuesta. Hace falta ser estadísticamente pobre para poder seguir recibiendo la sopa boba de Bruselas. Los engañosos números deben disimular nuestra supuesta riqueza. Pero, ¿hay tal? Estamos en época recaudatoria y el contribuyente se asombra de todo lo que ha ganado según figura en sus certificados de retención. Y lo poco luce. Dicen que soy más rico que el año pasado pero no puedo comprar ni la mitad de tomates, frutas o judías verdes que entonces. Y haya o no trampas con los números, como en Eurostat cuando la época Solbes, las grandes empresas presumen de beneficios. Y los mismos que consideran que subir el IPC pone en peligro la economía patria no tienen empacho en subirse el 20% sus ya abultadas prebendas. Pero volviendo a la riqueza, Pedro de Valencia explicaba cuando España se abismaba en la crisis de los Austrias: «El daño vino del haber mucha plata y mucho dinero, que es y ha sido siempre el veneno que destruye las Repúblicas y las ciudades». Y es que si la ciencia económica empezó en ese siglo a divorciarse de la Ética, luego se divorciaría también de la realidad.