28 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

ME GUSTARÍA escribir una cosa alegre, que nos sustraiga de la estupefacción que producen las bombas, los violadores de niños y tantas otros sucesos incomprensibles de la semana. Querría escribir una cosa limpia e ilusionante, algo que impulse a soñar con una historia hermosa de heroismo, quizá, y de sacrificio. Una historia en el que el protagonista prescinde de sí mismo y lucha por los demás, con nobleza y desinterés. Anduve rebuscando, pero me salió la sobremesa entrañable con un amigo médico y sabio. Conversamos largamente y sobre una multitud de asuntos. Hubo uno que me sobresaltó. Comparó a determinados individuos con las lombrices, las miñocas, que siempre andan trajinando por el subsuelo, sin dar la cara, sin aparecer, devorándolo todo. Hasta que llueve. Las primeras gotas hacen que las miñocas afloren y se muestren. Sólo entonces se las puede ver, tan viscosas como siempre, tan asquerosas, pavoneándose por el mundo como si fuera suyo, inconscientes de que apenas sirven como senrada, como cebo para algunos peces bobos. Él comparaba la lluvia con las elecciones. Creí que exageraba, pero a medida que la fecha se acerca, aparecen más miñocas por todas partes. Cuídense. psanchez@udc.es