Hechos filosóficos

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

25 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

CUALQUIERA diría que Savater le dijo a Zapatero «ven», y Zapatero lo dejó todo para contárselo todo y aclarárselo todo. O viceversa. Una viceversa que el presidente del Gobierno no dudaría en calificar de democrática. Porque Zapatero no duda en llenarse la boca de democracia, de llenársela tanto que ya no le queda aire para pronunciar algo en claro, ni siquiera para susurrarlo ante el filósofo que le pidió explicaciones. ¡Quién fuera filósofo! Aunque los filósofos, ya se sabe, viven entre la cicuta y los amoríos con cualquier emperatriz. De quien no se sabe es de Zapatero, que de filósofo tiene poco y de político, lo que se le pueda otorgar a partir de su desenvuelta propensión al matiz. Hoy matiza una solución de habitabilidad con treinta metros cuadrados, mañana matiza la enseñanza de la Historia del Arte, y pasado mañana, puede que siempre, matiza el Plan Galicia, que es la catedral del matiz, por no decir el copón. La acción de matizar tiene que ver con hacer algo agradable a la vista y, por extensión, a los sentidos y a las entendederas. A veces, ese algo no existe y el matiz se convierte en una estrategia de prestidigitación y en un juego de manos, una posibilidad cuyo planteamiento supondría un juicio a las intenciones de un Gobierno cada vez más poliédrico o, por lo menos, bifronte, pues en su día diseñó una normativa del buen gobierno, y en sus noches estudia para perder transparencia y claridad en la expresión. Si alguien tiene claro lo que está haciendo el Gobierno, que lo diga o que venga Dios y lo vea. Y algo así debió de sentir la ejecutiva del PSOE, que también le dijo «ven» a Zapatero, «ven y dinos algo que nos ponga a tu altura». La ejecutiva socialista no parece molesta hacia la economía del tiempo practicada por Zapatero, reacio a conceder al PP menos de dos minutos y más de quince, y perfectamente dispuesto a la generosidad con Savater y a compartir con él una merienda, un té con pastas, un oporto con almendritas, para hablar de la apasionante distinción entre la carta como mensaje, el mensaje como carta y la opción de discernir a qué carta quedarse. Pero la ejecutiva quería saber algo más de lo que le concierne. De modo que Zapatero acudió a la reunión de la ejecutiva para decir a los más suyos que a ellos tampoco les iba a decir más de lo que llevaba dicho. Subrayaba de ese modo una cierta tendencia de estos días a convocar a la gente para decir que no se le va a decir cosa alguna, y añadir que no haga preguntas. Y, luego, para que la cosa no quedara sin su matiz democrático, les señaló que «el único que tiene información soy yo». Pero en eso se equivoca o no sabe lo que dice, cosas ambas que no son incompatibles. Se equivoca o no sabe lo que dice porque si Zapatero tiene alguna información es porque alguien se la ha proporcionado. Ese alguien y Zapatero hacen dos. Si hay un emisor y no hay receptor, el fenómeno es del tipo oídos sordos , y no hay información, por mucho mensaje que haya. Si hay receptor pero no hay emisor ni, por lo tanto, mensaje, el fenómeno puede entrar en lo alucinatorio aunque también en la ciencia infusa. Así que si hay algo que no puede ser es tener información y ser «el único» en eso. Por ahora.