La democracia en Galicia

OPINIÓN

21 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

HA HABIDO tradicionalmente en Galicia dos formas de explicar los resultados de las elecciones autonómicas: la de quienes piensan que la mayoría de los gallegos votan atenazados por el miedo y cogidos del pescuezo por redes clientelares que les impiden actuar con libertad; y la de quienes creemos que tal explicación es una forma como otras de meter la cabeza debajo del ala para huir de la cruda realidad. Una realidad que ha venido desdiciendo, claramente, esa imagen de Galicia que tanto gusta a los finos progresistas de Madrid: la de un reino bretemoso y atrasado, lleno de marelas y caciques, corrupto y melancólico, que vota contra sus intereses porque, en realidad, no sabe lo que vota. Basta con viajar un poco por Galicia para constatar que esa perspectiva del país, a medio camino entre la visión colonial de la UPG y el estribillo musical de Los Tamara, es muy útil si de lo que se trata es de vender literariamente una invención que compran encantados quienes nos visitan para beber alvariño, comer nécoras y constatar lo toscos que somos por aquí. Pero no es demasiado operativa para comprender por qué los gallegos votan como votan. Es cierto, por supuesto, que en Galicia existen redes clientelares... como existen en Andalucía, en Cataluña y ya no digamos en Euskadi, donde algunas de esas redes actúan a punta de pistola. Pero lo es también que cuando un partido obtiene, como obtuvo el PP en las autonómicas del año 2001, una media del 44% de los votos en las siete grandes ciudades del país, seguir explicándolo todo con el tranganillo del voto clientelar equivale a renunciar a entender lo que ha venido sucediendo. Y lo que ha venido sucediendo es que, por diversos motivos, el PSdeG y el BNG se han limitado a luchar el uno con el otro, sin lograr competir con el PP. Ello ha tenido que ver de forma decisiva con la invisibilidad de una alternativa socialista y con el consecuente temor hacia una alternancia hegemonizada por los nacionalistas, temor que ha paralizado cualquier cambio. La encuesta de Sondaxe que ayer publicaba este periódico confirma que ese temor podría jugar mucho menos en las elecciones del día 19, dada la clara ventaja de Touriño sobre el Bloque. Sin embargo, la persistencia de un altísimo porcentaje de indecisos pone de relieve que, aun partiendo de posiciones mucho mejores, la oposición tendrá que volver a convencer ahora, como hace cuatro años, a los desencantados provisionales del PP: sólo si estos electores -urbanos en su inmensa mayoría y libres, por tanto, de toda atadura clientelar- decidieran finalmente cambiar de voto (o quedarse en casa) podrán Touriño y Quintana cantar el alirón el día 19.