EN CASI TODAS las capitales europeas hay distritos o barrios donde, de forma inopinada, surge una comunidad intercultural, una mezcla étnica, generacional y social. Los centros urbanos se han especializado en ocio y negocio, se ha densificado el flujo peatonal y el tráfico rodado resulta insoportable, en un totum revolutum que despierta temprano y se acuesta muy tarde. El proceso de reconversión e incluso de sustitución de edificios por centros comerciales, de oficinas o de ocio en detrimento de la vivienda parece imparable. Muchos de sus habitantes se han ido trasladando a las sucesivas periferias y son cada vez menos los que soportan el empuje del negocio y el turismo. En el distrito décimo de París, un sector extramuros de ese París de los parisinos, encontramos lo que podríamos llamar una arteria intercultural. Viene siendo otro Sena, en este caso artificial: el canal Saint Martin, por donde circularon las mercancías en los tiempos del industrialismo. Hoy es un atrayente itinerario que arranca en la Villette, al pie de la Ciudad de las Ciencias y de la Industria, y va discurriendo a ambas márgenes por un paseo peatonal, soleado o en sombra según el momento del día, donde aún se encuentran algunas viejas instalaciones industriales que ahora acogen el arte joven, tanto en sus manifestaciones plásticas como musicales. El ingenioso sistema de esclusas y puentes metálicos, muestra de esa arquitectura ingenieril difundida por toda Europa en el siglo XIX y principios del XX, permite la navegación de embarcaciones turísticas que recorren el perímetro este de París aguas abajo hasta fundirse con el Sena, mientras las parejas dejan colgar sus pies sobre el agua y los pescadores, a la sombra de los árboles, devuelven sus capturas a las aguas quietas. Para los parisinos y los cinéfilos en general este paseo evoca el Hôtel du Nord de Marcel Carné y, en nuestros días, la celebrada y dulce Amélie . Al borde de este París tradicional, el barrio de Belleville es una explosión racial donde al doblar la esquina surgen tiendas y restaurantes de todo tipo imaginable, en una miscelánea de etnias, colores y lenguas, incluida la gallega, fruto de décadas de inmigración. Frente a un supermercado árabe, un grupo de chinos comuno-capitalistas se reúnen en plena calle ante un dazibao y una pantalla de plasma que retransmite las noticias de su experiencia económica y social. La generación más joven va a la escuela o juega en espontánea mezcla, porque el mestizaje ya es completo. Cuando el canal se cubre se transforma en plataforma sobre la que, los fines de semana, se vuelcan los barrios circundantes en un mercadillo polícromo y de un color humano exuberante. De la cercana plaza de la República siguen partiendo las manifestaciones, y mas allá, en la Bastilla, ante el monumento al genio de la libertad, vuelve a aparecer el agua, justo antes de llegar al Sena, remansada en un puerto fluvial en pleno centro urbano. Sin darnos cuenta, en un par de horas, hemos recorrido un río de etnias, culturas y generaciones entremezcladas, ocio y actividades. Ciudad es aquello que, en lugar de renunciar a su comprensión global y conformarse con ser la suma de sectores distintos, incomunicados, no deja de plantearse en cada uno de sus retazos el encuentro de pautas de vida y la solución de conflictos, mediante la práctica de la ciudadanía libre. La calle lo es casi todo.