Quijote

CARLOS G. REIGOSA | O |


EN CUALQUIER parte de España se puede encontrar uno con alguna escenificación más o menos acertada del inmortal Quijote, ahora más vivo que nunca. Me ocurrió en Valladolid hace unos días, y antes en Toledo, y ahora veo que también Madrid, durante las fiestas de San Isidro, se convertirá en una especie de Distrito Quijote , para obsequiarnos con actividades en torno al mundo del ingenioso hidalgo (mucho más ingenioso de lo que cree el común de los mortales, como me decía Gonzalo Torrente Ballester, que siempre tuvo al singular caballero andante por un lúcido y meticuloso creador de su propia historia). Jácaras al retortero, lecturas dramatizadas sobre el Quijote, escenificaciones de algunas de sus aventuras, representaciones de estampas cervantinas y un monólogo sobre los libros, las batallas, el amor y la muerte, componen una parte del mosaico que se anuncia. Don Quijote y Sancho Panza pasan a nuestro lado en cualquier instante, convertidos, por la mediación de las artes escénicas, en personajes familiares, de hoy (como quiso concebirlos Orson Welles en su jamás concluído Don Quijote ). Pero, pasados el ruido y la fanfarria, por favor no se olviden de leer el libro. Porque yo ya dudo de la bondad de tanta presencia.

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