SI LOS ciudadanos no tuvieran la oportunidad y el derecho a cambiar el voto de otras elecciones, la democracia sólo serviría para refrendar a los instalados en el poder. Cuando un partido se eterniza en el poder, por voluntad capturada de los que consiguen transformar ciudadanos en clientes de la cosa nostra , los mandarines llegan a sentirse amos de la finca. En mayo de 1986 -tengo delante los periódicos del momento-, una delegación del Parlamento vasco estuvo en Chile, para coincidir con otros parlamentarios del mundo libre, llamados por la Internacional Demócrata Cristiana, presidida por Andrés Zaldívar, chileno, descendiente de vascos, que había organizado una asamblea en defensa de la democracia que desde 1973 había capturado y asesinado el general Pinochet. Yo era parlamentario por Álava de la Coalición Popular. Fui, al igual que participé en la huelga general del 84 contra el recorte de la Seguridad Social, que hizo a Nicolás Redondo (padre) dejar el Congreso de los Diputados. Todo ello, por mis propias convicciones. Por cierto, en Santiago de Chile quiso secuestrarme del hotel un grupo parapolicial. Más adelante en el tiempo, el senador por Madrid, Arespacochaga, que había sido alcalde y era amigo personal del hoy presidente en funciones de la Xunta, se fue a Chile a pedir disculpas por aquello que habíamos hecho. Fue expedientado por el equipo Hernández Mancha y García Tizón, que mandaban en la que hoy es sede del PP. Pero, aquello, y algunas herejías más, provocaron que Aznar y otros, desde la fundación Cánovas del Castillo, donde tenía su despacho el ex de AP, fraguaran el proyecto de refundación del PP, en torno al que hoy es presidente fundador. No se trata de preguntar a la gente dónde estuvo cuando vivía o moría Franco. Ni siquiera qué pasos dio para participar en el proceso de conquista de la democracia que se oponía al «atado y bien atado». Pero hemos descubierto que la excelencia de la democracia está en poder votar libremente, sin miedo y sin peajes; y con el voto, provocar el cambio, para dar la oportunidad a otros, evitando que el poder se convierta en el patrimonio de los mismos. Esto mismo dice el PP en el País Vasco. Por estas razones y evitar el eterno gobierno PNV, muchos dejamos a un lado las diferencias y nos jugamos la vida. ¿Por qué Galicia tiene que ser diferente y quedar al margen de la higiene del cambio?