JOSÉ MARÍA Aznar es una figura tan lejana como Espartero y tan difícil de entender como el obispo don Opas. Las engoladas revisiones de la historia universal que imparte en Georgetown son tan ridiculizadas en las academias y cenáculos como en los bares y fritangas de los barrios periféricos, y a nadie le cabe duda de que las mejores explicaciones de un mandato que frisa la pesadilla dependen mucho más de los psicólogos que de los politólogos. Lo único que quedaba de Aznar en la política española era el Pacto Antiterrorista, y por eso hay que celebrar que, queriendo o sin querer, haya sido enterrado por Rajoy y Zapatero. A ZP le gusta recordar que la iniciativa antiterrorista fue suya. Pero toda la esencia del pacto, su interpretación, su dramático traslado a la sociedad y su rentabilización política y partidaria eran cosa directa y personal de Aznar. A la vista de lo dicho y hecho en el debate sobre el estado de la nación, creo que la desactivación del pacto no está motivada por la presión de los nacionalistas, ni por el talante de Zapatero, ni por la falta de empuje de Rajoy. El pacto se derrumba porque era insostenible, porque su esencia consistía en rebajar el pluralismo político y parlamentario, porque alimentaba una espiral de decisiones cada vez más cuestionables, y porque el aznarismo se había convertido en el albacea único y exclusivo de un acuerdo de naturaleza primaria que jamás fue explicado en su verdadero alcance. El propio Zapatero se atrevió a decir que la lealtad al pacto consistía en dejar manos libres al Gobierno mientras la oposición mantenía el pico cerrado y la sensibilidad democrática en stand by . Y así se explica que, tan pronto como el PSOE llegó a la Moncloa, no pudiese soportar que un genio invisible de la política siguiese administrando la política antiterrorista en nombre de Aznar y con la anuencia de los medios de comunicación más rancios y conservadores. Si malo es prevalerse del pacto cuando se está en el Gobierno, peor resulta cuando ese control se ejerce desde la oposición, bloqueando y deslegitimando al Gobierno, y obligando al presidente a hacer de don Tancredo. Claro que, cuando un país entero se embarca de forma acrítica en un camino imposible y pernicioso, resulta difícil rectificar abiertamente y sin lamentar la pérdida del parlamentarismo cautivo. Pero yo no formo parte de ese gremio, y puedo decir sin ambages que Rajoy y Zapatero hicieron lo que era inexorable. Que acierten o se equivoquen a partir de ahora es harina de otro costal. Pero ya es muy de agradecer que la sangre política haya vuelto a circular por las venas del Congreso, que es el único corazón que tiene la democracia.