La guerra de los mundos

OPINIÓN

DESDE el punto de vista retórico puede decirse que Mariano Rajoy ganó por puntos. Estuvo incisivo, ágil y brillante, y hasta logró crear la sensación de que Rodríguez Zapatero tenía que recurrir a las muletillas y reiteraciones para ordenar sus respuestas. Pero desde la perspectiva general, cuando se analiza el regusto que dejó la intensa tarde parlamentaria, creo que el presidente del Gobierno ganó por goleada, al convertirse en la mejor garantía de una política serena, positiva y alejada de dramatismos innecesarios y estériles. Echando mano del argot futbolístico, cabe decir que el líder del PP hizo mejores jugadas individuales. Pero ZP estaba mejor posicionado en el campo, rentabilizó mejor sus esfuerzos y neutralizó sin problemas todas las internadas que protagonizó Rajoy por la banda derecha. Pero, más allá de las formas, el verdadero interés del debate estuvo en la confrontación radical y casi inédita entre dos visiones de España, dos formas de hacer política y dos maneras de conectar con los ciudadanos. Lo que para Rajoy es caos es para ZP progreso. Lo que para el Gobierno es responsabilidad y eficiencia es para la oposición una chapuza. Donde Rajoy ve patriotismo y fidelidad a principios esenciales, Zapatero sólo ve nostalgia y derechona. Lo que para el PSOE es un camino de paz y esperanza es para el PP en una traición a los muertos y un respiro para ETA. Por eso hay mucha gente que piensa que, en vez de hablar de los intereses de los ciudadanos y de su futuro, sólo hemos utilizado el debate para montar la bronca y abrir una brecha insalvable entre el Gobierno y la oposición. Pero a mí no me parece nada mal este regreso a una política de lenguajes claros, en la que la controversia de ideas y proyectos se impuso, por fin, a los engolados y estériles equilibrios del lenguaje correcto. Ayer supimos, por fin, que en la política antiterrorista se nos habían ocultado muchas cosas, y que Ibarretxe no está tan solo como parece. También quedó claro que Zapatero está explorando caminos nuevos para la paz, que la Ley de Partidos está en decadencia, y que vamos relativizar muchos dogmas del pasado. E igualmente sabemos que, no habiendo ningún acuerdo sobre la reforma de la Constitución, todo apunta a un largo y proceloso forcejeo entre los partidos nacionalistas y el Gobierno, al que nosotros no debemos concurrir con ese bozal de doble filo que llamamos «visión responsable del Estado». La ausencia de mayorías absolutas es una bendición para la política. Pero no es una buena noticia que no haya más agenda política que la que imponen Zapatero y sus socios. Porque eso significa que Mariano Rajoy sigue preso de su shock electoral.