Mentir nunca es negocio

RAMÓN BALTAR

OPINIÓN

LA VICTORIA del Partido Laborista inglés ha sido bien recibida por cierta derecha vernácula poco europeizada. El amor electoral despechado suele alterar la maquinaria cognoscitiva y sufrir ensoñaciones hueras. El razonamiento era de un rigor cartesiano. Si el Gobierno de Tony Blair, que se jugó todos los ahorros en la timba de Irak, perdía en las urnas su abultada mayoría, podría entenderse en estos pagos como una ratificación externa del revolcón genovés de marzo; y pareciendo descortesía intolerable para con el pueblo valeroso defensor del Peñón imputarla a miedo al terrorismo, entonces lo mejor para todos era desear el éxito del adversario ideológico. Como en los crucigramas: cerveza inglesa, ale . Pero los albiones tenían menos motivos para echar a los laboristas que los celtibéricos para largar a los populares. Recordemos los modos: mister Blair pidió autorización a su Parlamento para guerrear, y hubo de superar fortísima disidencia dentro de sus propias filas y hasta la dimisión de ministros; además, el principal partido de la oposición estaba por la faena. Por el contrario, el estadista Aznar se ahorró el enojoso trámite con el silencio trapense de los suyos, y los sociatillas se oponían a voz en cuello. A ver si lo pillan ahora. Aunque histórico por ser el tercero seguido, el triunfo laborista fue más bien una dura desaprobación de la mentira megalómana: la sangría de escaños y el bajísimo porcentaje de votos no admiten otra explicación. No hubo siniestro total porque su sistema mayoritario lo impide cuando la alternativa es débil. La cara fúnebre del vencedor y la dimisión del líder conservador tras la jornada hablan por sí solas. Ëste se va porque no supo merecer la confianza, y aquél le seguirá pronto por haber abusado de ella. Cosas de ingleses.