A MEDIDA que se acerque el referéndum francés sobre la llamada Constitución Europea, vamos a recibir mayor presión informativa sobre la importancia de ser europeos. Europa ha dejado de ser el campo de batalla de la guerra fría, y la caída del muro de Berlín inició la construcción de una nueva Europa que se reconoce en este tratado constitucional, ya aprobado por los españoles, en el que ahora los franceses, holandeses y británicos no lo tienen nada claro. Políticamente, Europa está dando pasos para ocupar en el exterior el puesto que le corresponde. Pero también en el interior los países europeos luchan por hacer valer sus intereses nacionales en función de su peso geopolítico. Todo esto ocurre a un ritmo vertiginoso, y los ciudadanos, sin que nadie les explique, se ven obligados a adaptarse a algo que resulta ser defendido por los políticos que viven en Bruselas y que asumen los nuevos fenómenos de la globalización, la multiculturalidad, etcétera. Jeremy Rifkin, asesor de Romano Prodi, ha escrito un libro que se titula El sueño europeo . Sin comentarios. Por otro lado, la Comisión Europea está haciendo encuestas para conocer cómo se está forjando la identidad europea. Así, se ha comprobado que un tercio de los jóvenes se sienten más europeos que otra cosa. Pero es evidente que con una población de 500 millones, unos occidentales, otros orientales, nórdicos o mediterráneos, la cuestión es muy compleja. También existen factores de convergencia; entre otros muchos, destacan las becas Erasmus que intercambian universitarios facilitando el conocimiento de las distintas culturas y sus gentes. Subsisten opiniones encontradas respecto a algunos temas fundamentales como son el laicismo, el antiamericanismo y las posiciones de los centroeuropeos versus los periféricos. Ser europeo requiere todavía un esfuerzo individual y colectivo entre los ciudadanos. Es cuestión de tiempo.