CÉSAR CASAL GONZÁLEZ
28 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.FERNANDO Alonso levanta tres dedos de su mano, tres de tres, en las primeras páginas de los periódicos. El niño que se subió a un kart con tres años ya es rival para el genio de hielo: Michael Schumacher. Corre con Renault, sobre los colores de la bandera de Asturias. Conduce un F-1, pero lo hace a velocidad de match, como si fuese sobre un caza, un F-16. El Nano, le dicen en Ovieu. El Toro, le llaman los de su equipo por su forma física. Su corazón funciona al ralentí, como el de un ciclista, 42 pulsaciones en reposo. Compite desde antes de ser crío, por eso se considera un veterano, «llevo 17 compitiendo sin parar, la gente se asombra de mi juventud, pero yo no». Es el único piloto del circo de la fórmula uno con un padre empleado en una empresa de explosivos y una madre, dependienta en El Corte Inglés. Tímido, luce en la cara el as de la sonrisa. No se despeina ni a trescientos kilómetros por hora. Nunca olvidará Budapest donde se subió por primera vez a lo más alto del cajón de un Gran Premio. Cuando sacó el carné de conducir, casi lo suspenden por ir demasiado despacio. Tiene generoso mentón de quaterback como Víctor Freixanes. Habemus campeón del mundo. ¿Por qué no? cesar.casal@lavoz.es