«CUANDO eras joven tú mismo te ceñías e ibas donde querías. Pero cuando seas viejo tendrás que extender las manos para que otros te ciñan y te lleven a donde quizás tú no quieras». Las palabras con las que el propio Jesús anunciaba el martirio, crípticamente, a Pedro, sonaron de nuevo, veintiún siglos más tarde, en Roma. Era la voz cansada de Benedicto XVI, el nuevo Papa. Sonaron, cercanas, las frases de Jesús que el evangelista Juan evoca. Comenzando por aquel interrogatorio, cercador, reiterado, insoportable, con el que Cristo se quiere tomar sus garantías respecto a la fidelidad de Pedro: «¿Me quieres?» Sólo al final conocerá el apóstol que tendrá que pagar con la vida su respuesta apasionada. Algunas risas complacientes, de benévola complicidad, acogieron las palabras con las que el Papa trataba de explicar sus sentimientos de las primeras horas. Resultaba fácil, inevitable, interpretar que Benedicto XVI había recurrido a aquel pasaje del evangelio de Juan como expresión de obligada modestia ante una situación de responsabilidad desbordante, de inmerecido honor, de pesada carga inesperada¿ Se olvidaban, quizás, quienes escuchaban al Papa, que era el cardenal Ratzinger, todavía, quien hablaba, intentando explicarse a sí mismo cómo había podido llegar hasta esa situación sin retorno que le obligaba a vestir la sotana blanca. Se olvidaban de la férrea contundencia de sus ideas, de su aplomada seguridad, de su voluntad nunca domesticada, de su temible autoridad reflejada en esa mirada de hielo¿ Quizás por eso nadie se preguntó por qué el todopoderoso cardenal había querido asumir la imagen de un viejo incapaz de vestirse y sobre el que son otros los que deciden sin tener en cuenta sus propios deseos. Nadie se atrevió a imaginar las razones por las que el cardenal Ratzinger, intelectualmente incapaz de recurrir al dramatismo ni a la pública desnudez interior, había recurrido, precisamente, al martirio de Pedro para describir su propia situación. Pero es a partir de esa confesión de parte, que lo muestra sin tapujos como una oveja llevada al matadero (¡quién lo iba a decir!), cuando el papa Ratzinger va a poder legitimar el ejercicio de su maldecida autoridad con verdadera tranquilidad de espíritu. Precisamente porque, esta vez, esa maldecida autoridad él no la ha buscado. Que la ejerza, o no, para sacar a la Iglesia de la oscuridad, es otra cosa. Pero si quiere, puede. Ratzinger, sí. Lo saben bien todos los asustados cardenales que le han abrumado con sus votos ante un futuro incierto, ante una situación desesperada.