LOS CARDENALES han optado por lo seguro. Por lo ortodoxo. Por el pensamiento y doctrina conocida. Por la preparación teológica demostrada. Han esquivado la tentación de la aventura y la incógnita. Si ésta fuera una elección de un cargo político, habría que decir que la opinión pública ha perdido. Ratzinger no es popular. Es conocido, el más conocido a nivel mundial, pero no popular. No cuenta ni ha contado nunca con las simpatías de la intelectualidad. Significa la ortodoxia más estricta y ejerció la reprimenda a los sectores y obispos más aperturistas. Es, en cierto modo, el representante máximo de la Iglesia dogmática, sin concesiones a la moda, ni al avance científicos, ni a las veleidades progresistas que asoman a veces entre la grey. Por todo eso, la reflexión del Cónclave tiene que haber sido parecida a ésta, y disculpad que me atreva a interpretar al Espíritu Santo: estamos en tiempos difíciles, con la fe y la práctica religiosa sometida a revisión, y con unas tendencias sociales que dificultan el apostolado. Hay que responder desde la firmeza. Y eso se hizo. En lo doctrinal, Ratzinger es un hombre sin complejos en su fe ni en la administración de su autoridad. En lo personal, es un eclesiástico al que no le produce vértigo el Papado. Fue el único que se mostró como candidato con Wojtila de cuerpo presente. Y hace sólo dos días tuvo la iniciativa (¿la osadía?) de marcarle una línea de actuación al futuro Papa. Creo que ha visto colmadas sus ambiciones personales. ¿Qué se puede esperar de él? Tenemos una primera pista en su relación con Juan Pablo II. Ratzinger fue quien le proporcionó armazón doctrinal. Era su hombre de confianza, su inspiración y hasta su redactor. Aunque haya rehusado a ser Juan Pablo III y haya preferido el nombre de Benedicto (Benedicto XV fue el Papa de la apertura social, de la neutralidad internacional y de la gran diplomacia), no lo dudéis: seguirá las grandes líneas de Wojtila. Que nadie espere un cambio de orientación. Y la segunda pista está en la homilía del lunes, que fue su «programa electoral». Va a mantener la nave en la dirección de siempre, y va a reforzar la doctrina para preservarla de «las modas del pensamiento» que cercan al catolicismo. Pero que no se desencanten todavía los progresistas: si alguien puede hacer los cambios que se piden a la Iglesia en el orden moral o científico, ese alguien es Ratzinger. Por una simple razón: tiene criterio y autoridad. Y, si la edad se lo permite, no es hombre que quiera pasar desapercibido. Se sabe por su biografía. Se demostró en la forma de presentarse como aspirante. Y lo reflejaba su rostro, en aquel balcón donde lo hemos visto pasar de Ratzinger a Su Santidad.