EL LENDAKARI Ibarretxe se empeñó en jugarse su plan soberanista en las elecciones vascas de ayer. De hecho, hizo todo cuanto pudo para convertirlas en un plebiscito. Y, si lo hubiese logrado, habría que decir que lo ha perdido, que su plan está muerto y que lo mejor que puede hacer es abandonarlo en alguno de los amplios aparcamientos de que dispone la Historia. Pero yo no creo que éste sea el análisis correcto. Porque el hecho de que Ibarretxe haya intentado que todo girase en torno a su plan no quiere decir que haya sido así y que las elecciones vascas de ayer no hayan sido unos comicios autonómicos normales en la comunidad vasca. El panorama poselectoral que se abre puede gustar más o menos, pero desde luego no contiene el clamor popular que pedía Ibarretxe para telefonearle esta mañana a las ocho a Rodríguez Zapatero con el objeto de comenzar las negociaciones de Gobierno a Gobierno. No. Porque Ibarretxe, antes de todo eso, tendrá que negociar en el País Vasco, como muchos creíamos que debía haber hecho antes de lanzar su plan como un ariete soberanista ante el que debería plegarse el Estado español. Ahora ya no parece que quepan dudas: la negociación tendrá que ser en el País Vasco, entre fuerzas vascas, y sin exclusiones caprichosas. Es prematuro hacer una interpretación concluyente sobre el resultado, pero desde luego es lo suficientemente novedoso como para que algo empiece a moverse en el País Vasco. Y esto ya es mucho, porque algunas posiciones se habían encastillado en un discurso monocorde y reiterativo que no llevaba a ninguna parte. Basta recordar la campaña electoral para ver dónde empezaba y dónde acababa el recorrido del discurso del lendakari. No sometió su gestión a debate, porque sólo quería situar la pelota (la suya) en el futuro, en esa llamada telefónica machaconamente anunciada estos días. La realidad le ha recordado que el pueblo vasco es algo más plural que esa imagen fija que se ha metido entre ceja y ceja como una verdad inmutable. Los votantes vascos también son capaces de crear esta incertidumbre que él no esperaba y a la que habrá que atenerse. Porque tiene muchas lecturas.