DECÍA Groucho Marx que encontraba la televisión muy educativa porque, cada vez que alguien la encendía, él se retiraba a otra habitación y leía un libro. ¿Qué no diría de la televisión de hoy, cuya audiencia aumenta a medida que atesora telebasura y se recrea en mostrar vergüenzas personales? ¿Qué ha quedado de aquella vieja utopía inicial de que la televisión iba a educarnos y enriquecernos culturalmente? Todavía en los años sesenta del siglo pasado se soñaba con una televisión que iba a ser didáctica y capaz de satisfacer los intereses y curiosidades más nobles de los ciudadanos. Una televisión dispuesta a atender nuestra demanda cognitiva, entendida ésta como una ambición legítima de ilustrarse y de ampliar conocimientos. Así se imaginaba que iba a ser la tele hace poco más de medio siglo. Pero no está siendo eso. Sabemos que el informe PISA sobre educación situó a los niños españoles en la cola de las naciones desarrolladas. ¿Por qué no se hace una encuesta similar sobre los adultos? Engullir tanta bazofia etiquetada de entretenimiento nos está empobreciendo en lo cultural y nos está alienando como individuos. Nos está convirtendo en unos seres de visión corta y distraída que consumen telebasura. ¡Lo contrario de lo que era la utopía!