LA GÁRGOLA

05 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

EL TIPO parece normal. Algo tímido, agradable, un padrazo... Hasta se le podría calificar de buena persona. Ningún indicio de rarezas. De hecho, su mutación llega en muy raras ocasiones. Una vez por semana. Dos, como mucho. Pero cuando es el momento, todo cambia. Cinco minutos y el amigo se convierte en una mala bestia. Su familia ya ha optado por dejarlo solo en casa cuando se transforma. Han intentado ayudarle muchas veces. Nunca hubo suerte. Y por eso, ahora, todos se marchan cuando explota el infierno. Siempre el mismo ritual. Domingo por la tarde, el mutante enciende la tele. Su mirada se congela en la pantalla. Inerte. Cuando el árbitro pita el inicio del partido todo estalla. Convulsiona su cuerpo entre alaridos. Sus ojos, inyectados de sangre, siguen el balón hambrientos. Berrea una y otra vez para insultar al colegiado, a los jugadores, a los linieres... Como si fuesen a escucharlo desde su salón. Su personalidad se multiplica. Es el entrenador. Es un delantero. Es el comentarista... Baila dantescas danzas si hay gol para los suyos. Jura y se hunde si sus colores encajan. Se levanta. Se sienta. Patea un esférico imaginario. Coloca la barrera. Ordena el ataque. Desprecia a los rivales. Se acuerda de sus madres... El ridículo dura noventa minutos y el descuento. Cuarenta años haciendo lo mismo. Diagnóstico: trastorno esquizoide pasajero con episodios de payasada. La cura: en investigación.