EL IMPACTO de la muerte de Juan Pablo II ha correspondido a la dimensión de nuestro mundo globalizado, sin diferencias de razas, estratos sociales, continentes, ideologías, religiones. Se ha hablado, certeramente, de un homenaje universal. Ha habido -continúan- testimonios de afecto, admiración y respeto a su figura y ejecutoria. No ha sido sólo el Papa de los católicos. Su liderazgo moral, en el sentido más profundo del término, se ha proyectado sobre la Humanidad del final del siglo XX y comienzo del presente, abierto a la esperanza, encarnado en la juventud que tanto amó. No pretendo realizar una valoración de lo que han supuesto estos más de veintiséis años de su Pontificado. Puede llevarse a cabo desde una fe común, o al margen de ella. No es ésta, de ningún modo ilegítima, porque la acción, de naturaleza esencialmente religiosa, incide en la sociedad. Pero, difícilmente será completa, si no se participa de los principios que constituyen el fundamento sobre que se apoya lo que se intenta enjuiciar. Qué de extraño puede resultar que el Papa, sucesor de Pedro, predique a Cristo, muerto y resucitado, escándalo para unos y necedad o incomprensión para otros, y la doctrina que sus discípulos vivieron y enseñaron. Desde ahí han de entenderse los pronunciamientos de Juan Pablo II sobre cuestiones fundamentales, como la dignidad de toda persona humana, la defensa de la vida y de la familia, el rechazo de la violencia, la denuncia de las injusticias sociales o del escándalo de la desunión de los cristianos, la apología de la libertad y de la solidaridad, la convicción de la verdad, también del hombre. Del amplio legado de Juan Pablo II pueden extraerse muchas aportaciones. Probablemente, la más significativa, derive de su absoluta coherencia en el cumplimiento de la misión que se le había confiado, con una autenticidad ejemplar, que exige y estimula. Más allá de lo que se denomina «gobierno de la Iglesia», sobresale su identificación con Jesucristo, de quien ha sido representante en la Tierra. Y se comprende que quien escribe acerca del estilo de gobierno, reconozca que Juan Pablo II «alcanzase la santidad en un grado eminente». Es lo decisivo en su misión. Siendo cercano a todos, sin buscar un complaciente aplauso, a pesar de su magnetismo personal, para aquellos puntos de su magisterio que parecen ir contra corriente de quienes le admiran, pero no le siguen. Cumplió su tarea hasta el último momento. Ojalá pueda decirse lo mismo de cada uno de nosotros. No era el aferrarse a una situación de privilegio, un enrocarse en una actitud de supervivencia personal. Se intuye con claridad, estando todavía reciente Semana Santa. En el hospital escribió, como hacía todos los años, una carta alentadora a sus hermanos en el sacerdocio. Firmó nombramientos, se despidió de sus íntimos colaboradores. Se introdujo en la agonía. Consumó su vida aquí, cruzó el umbral hacia el descanso eterno. Unas palabras, escritas para ser leídas el domingo, se han convertido en un inesperado testamento dirigido a una humanidad que «parece quizá extraviada y dominada por el poder del mal -¿estamos satisfechos?-, del egoísmo y del miedo». Palabras que hablan de amor, de perdón, de reconciliación, de esperanza, de paz, referidas al «Señor resucitado» y que son de valor para todos los tiempos.