EN LA PERSONALIDAD del papa Juan Pablo II hay un componente vital que, en mi modesta opinión, ha tenido una importancia determinante en su visión de la vida y sobre todo en la valentía y en la claridad con la que siempre expuso públicamente y defendió los principios y valores en los que creía. No debemos olvidar que el Papa pertenece a una generación que es testigo y sufre directamente las consecuencias de la acción de gobierno y de la violencia de los dos sistemas totalitarios más terribles en la historia reciente de la humanidad: el nazismo y el comunismo. En muchos de sus libros el Sumo Pontífice hace una referencia constante al desprecio a la dignidad de la persona, al desprecio al derecho a la vida y a la persecución e incluso asesinato de los opositores que tanto el nazismo como el comunismo llevan a cabo. El Papa es protagonista y testigo y lo es desde un compromiso activo en defensa de su fe pero también en el apoyo y solidaridad hacia las víctimas. Todos recordamos la gran emoción de su reencuentro en Jerusalén con judíos y polacos a los cuales él había prestado ayuda y refugio durante el holocausto nazi. Pero también recordamos su compromiso cívico en la lucha del pueblo polaco por sus libertades y por su independencia frente al totalitarismo soviético. Incluso siendo ya Papa, de qué manera con su presencia arropa y apoya al pueblo polaco en los cruciales y críticos momentos en los que desde el movimiento Solidaridad se inicia la caída de la dictadura comunista. En este como en muchos otros aspectos de su vida el Papa Wojtyla es un hombre de su tiempo. Es un testigo presencial de los años horribles de la II Guerra Mundial, de los campos de exterminio nazis, el más famoso de los cuales, Auschwitz, se encuentra en las cercanías de su Cracovia natal. El compromiso de la Iglesia y de los católicos polacos en la lucha contra el nazismo, el Papa lo simbolizó en la canonización que llevó a cabo del sacerdote san Maximiliano Kolbe y la monja santa Edith Stein, ambos mártires en campos de exterminio nazis. Pero tampoco hay que olvidar que el Papa desarrolla toda su vida pastoral como sacerdote, obispo y cardenal de una Iglesia, la polaca, que tiene que asumir el difícil papel de ser la detentadora del sentimiento nacional y patriótico del pueblo polaco que, bajo la tiranía comunista, ve en su Iglesia y en su fe los referentes de sus señas de identidad nacional. Esta larga experiencia personal le da una gran libertad de pensamiento al Papa polaco, el cual ciertamente denuncia con la misma fuerza los excesos de la sociedad capitalista y las grandes diferencias entre ricos y pobres que el neoliberalismo fomenta en el mundo. Hoy nos toca rezar por él y pedir que su sucesor sea el que la Iglesia y el mundo necesitan en estos momentos.