Grande en la fe, pequeño en la historia

OPINIÓN

TODOS los que analizan la dimensión histórica del papa Wojtyla corren peligro de equivocarse. Influidos por la globalización del pontificado -todo es global, no sólo el papa-, y obligados a responder al sistema mediático con valoraciones de urgencia, creyentes y agnósticos, católicos y no católicos, políticos y ciudadanos, sabios e ignorantes, compiten estos días por ganar una carrera de adjetivaciones que no tiene sentido: el papa eterno, el líder de multitudes, el papa de la paz, el servidor sin reservas, el pastor de los humildes. Pero todas esas expresiones forman parte de la vanitas vanitatum que nada le interesa ya a Wojtyla. Porque los mismos que convierten la muerte del papa en un corte con la historia, ignoran completamente el significado de pontificados tan excelsos como los de Pablo VI y Juan XXIII, no saben nada de Carlos Borromeo o Agustín de Hipona, y serían incapaces de explicarlo por la Guerra Mundial que marcó la vida de nuestros padres. La iglesia siempre fue global y multitudinaria, siempre saludó a sus hijos en nombre de la paz, siempre definió al papa -santo o pecador- como «siervo de los siervos de Dios». Lo que va a quedar vivo de Wojtyla no es el flash mediático que dispara la actualidad, sino el ejemplo de fe y caridad que le reconocemos los hijos de la Iglesia, y que incluso llega a conmover a quienes hemos sido discrepantes con la línea doctrinal y con las formas pontificales de Juan Pablo II. Si la memoria de Wojtyla dependiese del millón de kilómetros que recorrió, o de haber saludado a más jefes de Estado que ningún otro papa, o de haber canonizado más santos que sus 263 antecesores, o de haber escrito muchas encíclicas que casi nadie leyó, o de ese derribo del comunismo que sus fatuos hagiógrafos le atribuyen, sería un papa efímero. El que crece en los medios de comunicación, también se disuelve en la actualidad. Aunque nada de eso sucederá si los cristianos interiorizamos lo único cierto e imperecedero que hay en su vida: que fue un hombre de fe y un cristiano ejemplar. El viernes, cuando le enterremos, empezaremos a cambiar -porque es urgente- su obra de gobierno. La Iglesia de los vivos, que sufre y trabaja en la tierra, buscará nuevos caminos. Y, dentro de pocos años, nadie sabrá decir de Juan Pablo II más que banalidades y récords. Pero los que creemos en Dios le tendremos por santo, y seguiremos pensando que, si hacemos las cosas como él, lo encontraremos en el cielo. Y eso no es historia. Es la fe de Cristo que revive entre las gentes, y proclama la vida eterna de quien, sin habernos emocionado con sus hechos, nos enseñó sencillamente el camino de Dios.