HACER de la necesidad virtud nunca fue una buena política; antes o después pasa factura, normalmente en la línea de la frustración. Se vio el Domingo de Pascua y, por si quedaba duda, ayer se comprobó nuevamente: Juan Pablo II está en la recta final de su enfermedad y no está en condiciones de gobernar la Iglesia, por mucho que digan sus más directos colaboradores, que son los que realmente están gobernando. Pudiera ser que la obstinación del propio enfermo esté provocando esta situación: es típico de estos pacientes no aceptar su progresiva incapacidad. Pero para eso está el paternalismo bien llevado de los cuidadores, para imponer límites en función del sentido común. Yo, a mi padre, lo cuidaría con mimo lo mejor que pudiera y no lo exhibiría cual atracción de feria por mucho que él quisiese.