MIRÓ con impotencia el ordenador, incapaz de bajar un sencillo documento a través de la escuálida línea telefónica. Tendió la mirada hacia la cercana vía ferroviaria, por la que pasan unos pocos trenes al día que tardan horas en llegar a la capital de Galicia. Apagó el ordenador y se fue a recibir a los visitantes que llegaban a su casa de turismo rural, tras largas horas de viaje. Pensó en su nuevo eslogan: «Sin cobertura de móvil ni posibilidad de conectarse a Internet, conozca la más auténtica reserva... gallega». A duras penas reprimió la tentación de colocarse una pluma en el pelo e improvisar un saludo a estilo indio.