CON UN PIE en la rebeldía de Camus y en las teorías revolucionarias de Sastre, y otro en la canción de John Lenon, una generación entera creyó que era el momento de llevar l'imagination au pouvoir . He releído notas de la época y compruebo que poco de aquello se ha hecho efectivo. Casi cuarenta años después, aquella capacidad de soñar se ha trasmutado por un pragmático «hagamos lo posible». En el contexto del debate social sobre la construcción-destrucción del país, una palabra mágica, «feísmo», ha valido para percibir que la belleza no es cuestión de gustos, sino más bien un patrimonio inherente a la antropología de un pueblo, y que en Galicia ha perdido enteros; pero también ha servido para diluir las responsabilidades, al quedar reducido el problema a un enunciado estético. Si la sociedad y la economía son la urdimbre, la cultura la trama y el territorio el bastidor, hagamos un ejercicio de imaginación en torno a ellas. Imagine que existiera una derecha moderna insatisfecha con la transformación de villas como Sanxenxo; unos nacionalistas que hicieran del territorio no sólo motivo de diferencia y apología sino de praxis innovadora, y unos socialistas que convirtieran la política territorial y urbanística en un Leitmotiv de su programa. Imagine que no nos contentáramos con lo que somos, profusamente adornado de tópicos y estadísticas, sino que se planteara una propuesta, en torno a no más de cuatro ejes, para estructurar, armar, trabar el país, para decidir a qué aspiramos y lo que debemos ser en esta sociedad mundializada. Que los tiempos no nos lleven, sino que nosotros tratemos de marcar los tiempos. Imagine que ante la ruptura que supone el basculamiento poblacional y económico, que ha dibujado un nuevo mapa con una excesiva presión y desorden en la costa frente al vaciamiento y la atonía en el interior, alguien propusiera un reequilibrio que conjugase la solidaridad de unos y el cumplimiento de objetivos de otros. Imagine que, cansados de estar en posición cómoda, receptora de todo lo que venga de Europa, decidiéramos movernos y ubicarnos en la red de ciudades y regiones para transmitir y recibir ideas y economía, mezclar ciudadanos, universidades, juventud, saliendo con nuestro bagaje bajo el brazo en lugar de conformarnos con recibir de brazos abiertos. Imagine, por lo tanto, una autonomía capaz de sentar en torno a una mesa a las ciudades, acostumbradas a ir cada una por su lado, para compartir infraestructuras, equipamientos, programación científica, educativa y cultural, en un proyecto común que se promocione hacia el exterior como un nuevo sistema urbano. Imagine que la política, además de marcar las diferencias, sirviese para ponernos de acuerdo en las cosas fundamentales. Imagine el tiempo y las energías que habríamos ahorrado si en su día se hubiera negociado el Plan Galicia, en vez de enredarnos inculpando a los gobiernos amigos o enemigos en función del interés de cada partido.