LA IDEA de una alianza de civilizaciones propuesta en el mes de septiembre pasado por José Luis Rodríguez Zapatero ha encontrado algunos apoyos en representantes de países latinoamericanos y árabes y en el secretario general de Naciones Unidas. Estos líderes parecen dispuestos a endosar la noción y sumarla al conjunto de ideales que deberían vertebrar las relaciones internacionales en el siglo XXI y en especial la relación entre países occidentales e islámicos. Sin embargo, en las capitales europeas y en Washington no se ha prestado mucha atención a la propuesta, no sólo por sus resonancias anti-Bush, justo ahora que se están recomponiendo los puentes sobre el Atlántico y mejora la situación en Oriente Medio, sino por una objeción de fondo: se piensa que necesita antes ser debatida en profundidad para desentrañar su vaporoso significado y definir sus consecuencias prácticas. En efecto, si nos tomamos en serio la idea enseguida aparecen varias preguntas difíciles. La primera es cómo se identifican las civilizaciones y por qué sustantivarlas. El historiador Samuel Huntington popularizó en un ensayo bastante simplón en 1993 la noción de «choque de civilizaciones» -de hecho una reedición de las guerras de religiones- como nuevo paradigma para entender el mundo después de la Guerra fría. Su profecía tal vez es correcta sobre la permanencia y la renovación de los conflictos en la Historia, pero opera sobre un mapa del mundo falso. No está claro que a estas alturas de la globalización coexistan varias civilizaciones al mismo tiempo, como compartimentos estancos y con identidades monolíticas. Un problema añadido es la asimetría entre estos posibles sujetos: la palabra civilización hace referencia a un estadio cultural propio de las sociedades humanas más avanzadas, por su ciencia, arte, ideas y costumbres. En nuestro mundo postmoderno hemos relativizado los valores y enaltecido las diferencias, de modo que cualquier afirmación de la superioridad de la civilización occidental sobre otras es eurocéntrica y rechazable. Pero mientras consumimos multiculturalismo, en buena medida porque ya no creemos en nuestros valores occidentales, éstos se difunden cada vez más por todo el planeta. Otros mundos -con perdón- más atrasados viven todavía en épocas premodernas o simplemente modernas, en las que lo natural es afirmar sin complejos su superioridad étnica, cultural o religiosa sobre cualquier realidad extranjera y mucho más la occidental, cada vez más presente en sus vidas. Si a pesar de todo se pudieran identificar nítidamente varias civilizaciones y fuera conveniente darles esta importancia, ¿podrían dialogar, suscribir pactos, negociar alianzas y asegurar la paz? ¿Sobre qué bases se pueden superar las diferencias políticas y culturales entre ellas, cuando se exaltan tanto? ¿Con referencia a qué valores cooperarían? Las civilizaciones son sujetos poco definibles, que no rinden cuentas a nadie. Entendidas como compartimentos estancos y puestas todas en pie de igualdad para el pensamiento occidental y políticamente correcto llevan a un callejón sin salida. Finalmente, si fuera posible y deseable fomentar esta utópica alianza, ¿ayudaría la alianza de civilizaciones a afrontar con éxito los peligros ciertos del terrorismo internacional o la proliferación nuclear? Desde el 11-S el modelo es otro: los gobiernos de los países democráticos entienden que para luchar contra el terrorismo y las nuevas amenazas se debe partir de una alianza de Estados basada en los derechos humanos universales, la democracia y la libertad y que esté dispuesta a adoptar medidas preventivas de todo tipo. El verdadero debate en Washington, París, Londres o Berlín es y ha sido sobre los medios para defender la democracia con eficacia y legitimidad, incluido el recurso en último término al uso de la fuerza, y sobre el grado de multilateralidad necesario. Un año después del 11-M, España tiene una posición internacional más débil, y sorprende que el Gobierno no enfoque sus energías en otras direcciones más evidentes, al menos para gastar un menguado capital político con más acierto.