La casa de los espíritus

OPINIÓN

NO ESTUVO el socialista Ismael Rego todo lo fino que hubiera sido de esperar, al calificar el viernes como «la casa de las mentiras» al monasterio donde se reunía la Xunta de Galicia. Pues a estas alturas del guión que un político profesional acuse a sus colegas de mentir cuando formulan promesas de futuro es sólo una muestra de ingenuidad o de cinismo, tal es la solidez con que se han asentado en sociedad el prejuicio de que, siempre que prometen cosas, los políticos mienten en mayor o menor grado. En realidad si Rego no se hubiera dejado traicionar por su querencia, que en el opositor es tirar contra el Gobierno como en el toro es embestir contra el torero, habría podido imaginar otras metáforas más imaginativas y precisas. Sin ir más lejos, la de que el lugar del conciliábulo xunteiro es como la casa de los espíritus, título de una novela que hizo a la chilena Isabel Allende famosa en todo el mundo. La casa de los espíritus, sí, porque ese presidente y esos conselleiros que planifican entre piedras centenarias lo que harán dentro de diez o quince años son percibidos por la mayoría de sus conciudadanos como simples espíritus de lo que fueron en un día no tan lejano como ahora pudiera parecer. Y es que hubo una época -recordémoslo- en que, en efecto, muchísimos gallegos pensaban de Fraga Iribarne lo que ese alcalde de verbo inenarrable cuyas palabras se expanden minuto a minuto por la red: que don Manuel (Fraga era entonces don Manuel) tenía un Estado en la cabeza y que con sólo mover un dedo movía un Estado y que mientras los demás iríamos al purguratorio o al infierno, don Manuel tenía reservado un puesto fijo a la derecha (por supuesto) de Dios Padre. ¡Qué tiempos aquellos! Tan buenos para Fraga y sus gobiernos que nadie parece querer aceptar en el PP que las cosas han cambiado de forma radical y que el margen de maniobra de un político es diferente al de su espíritu. ¿O es que alguien espera de quien ha ascendido a tal categoría incorporal que pinte carreteras, hable de los gases nocivos de la atmósfera o proponga cómo deben salir del país los mercancías? ¡Seamos serios! Los espíritus están para meter miedo y hacer ¡uhhh! y no para planificar las obras públicas. Es cierto, claro, que la capacidad de asustar de los espíritus no depende sólo de sus habilidades para poner los pelos de punta al respetable, sino también de que el respetable se deje acoquinar. De hecho, la partida de Galicia se jugará en un terreno que tendrá poco que ver con trenes, puertos y autovías: en el pulso entre los que creen que los espíritus deben, finalmente, descansar, y los que temen que tras su ocaso pueda llegar una tronada. Información en las páginas 10 y 11