COMO el mitológico Jano, las viejas instituciones keynesianas creadas tras la Segunda Guerra Mundial tenían dos rostros. El FMI era la mano de hierro que imponía condiciones draconianas a los países «en vías de desarrollo» y el Banco Mundial, la cara risueña de la beneficencia internacional. Con la llegada del ultraconservador Paul Wolfowitz a esta última casa, caen las máscaras y se desvanece la doble imagen. Bush ha decidido militarizar el Banco Mundial y ponerlo al servicio de su estrategia de hegemonía sin restricciones, con Oriente Medio en el punto de mira. Wolfowitz, el hombre que propugnaba cercenar las alas de la integración europea e incitó a Sadam Hussein a ocupar Kuwait para después escribir su artículo «Derróquenlo» (1997), no es más que el instrumento.