Sedar no es matar; por una muerte en paz

| LUCIANO VIDÁN MARTÍNEZ / JOSÉ RAMÓN AMOR PAN |

OPINIÓN

PILAR CANICOBA

VAYA por delante que no somos partidarios de la eutanasia, como es del dominio público. Justamente por esa razón tenemos sumo interés en manifestarnos respecto a lo acontecido en el hospital de Leganés. Y lo primero que queremos decir es que la función de la Medicina es prevenir y curar las enfermedades y ayudar a los seres humanos a morir en paz. El fin primordial del médico es procurar el mayor bienestar para su paciente y la mejor calidad de vida posible. En este sentido, cuando un médico decide un tratamiento (el que sea), lo único que analiza y busca es el beneficio para su paciente en términos de curación y/o calidad de vida, asumiendo que cualquier tratamiento o intervención (incluso una simple aspirina) tiene efectos secundarios, que no son deseables pero con los que hay que convivir, minimizándolos hasta donde sea posible. Las enfermedades más comunes en nuestra sociedad son las enfermedades crónicas, muchas de las cuales finalizan en lo que los médicos denominan enfermedad terminal, que no es si no aquella fase en la que la enfermedad se vuelve resistente a tratamientos activos, es progresiva e irreversible, con una expectativa de muerte próxima. Cuando los médicos se enfrentan ante un paciente en esta situación terminal, son múltiples las preguntas y los problemas que intentan resolver, algunos de índole física (tratamiento del dolor, vómitos, fatiga), otros de naturaleza psicológica (angustia, miedo, soledad) y, finalmente, toda una serie de dilemas morales (información al paciente y a la familia, eutanasia, etcétera). El manejo de estos pacientes ha dado lugar a toda una rama de la Medicina, los llamados cuidados paliativos, cuya filosofía reside en garantizar un cuidado global y activo de estos enfermos, con el fin de conseguir la máxima calidad de vida posible en sus últimos días de vida, con especial énfasis en proporcionar a cada enfermo los recursos que más puedan favorecer su acceso al proceso de una muerte en paz. Sedar no es sinónimo de matar, ni mucho menos. La sedación es un tratamiento empleado por los médicos habitualmente, que consiste en utilizar fármacos que inducen el sueño para, de esta forma, contener los síntomas que no se pueden aliviar de otra manera, bien temporalmente, bien de manera permanente. Es una herramienta terapéutica que se utiliza no sólo en los pacientes terminales sino en otros muchos enfermos agudos o crónicos. El objetivo en los pacientes terminales es conseguir una buena muerte, esto es, que no sufran el enfermo ni sus familiares, por tanto, sin dolor y sin síntomas físicos y psicológicos molestos, que muera rodeado en un entorno humano, a poder ser en el domicilio familiar y rodeado por el calor de los suyos. Aquí está perfectamente indicada la utilización de analgésicos y otros fármacos. Por tanto, cuando se decide sedar a un paciente el objetivo no es matarlo sino controlar su sintomatología, como en cualquier otro proceso terapéutico. Es verdad que un posible efecto secundario de su uso -raro hasta donde hoy sabemos- es un acortamiento de la duración de la vida. Es este aspecto el que a veces plantea dudas o ambigüedades en relación con la eutanasia. Por todo eso, queremos dejar bien claro que la sedación no mata, lo que mata a la persona es la enfermedad que padece. Bien diferente es la intencionalidad de la eutanasia, en la que el médico, a petición previa y reiterada de su paciente, le provoca a éste la muerte. Por cierto, algo muy inusual en la práctica clínica. Lo que distingue el enjuiciamiento ético de las diversas acciones es, no puede olvidarse nunca, el fin primordial con el que se hacen y no el resultado final. En el caso que nos ocupa -la sedación-, el fin primordial es aliviar los síntomas del paciente y si como consecuencia de ello, se produjera el fallecimiento (algo excepcional), estaríamos ante un supuesto perfectamente aceptable desde el punto de vista ético, incluso desde una postura católica (tan netamente identificada con el no a la eutanasia), que ya desde tiempos de Pío XII, concretamente en el año 1957, aceptó la legitimidad moral de esta práctica. No entendemos a qué viene la denuncia anónima (algo inmoral y cobarde) del hospital de Leganés, y menos aún su filtración interesada a los medios de comunicación. Para no alarmar a los enfermos, precisamente un grupo de personas sumamente vulnerables, y para no confundir a la opinión pública ni enrarecer el debate en torno a una posible despenalización de la eutanasia en el Estado español, juzgamos indispensable establecer las clarificaciones antes expuestas y solicitar de las autoridades sanitarias y políticas la máxima prudencia y transparencia a la hora de emitir opiniones y adoptar decisiones en materia tan delicada.