PERDER una elección no es ningún desdoro. Quedar a un voto del tercer mandato, que sólo podía renovar por mayoría de dos tercios, es una hazaña. Pero perder una cruzada es una derrota moral sin paliativos, y un signo evidente de que el Espíritu Santo empieza a cambiar los vientos que empujan la nave de San Pedro. Haciendo pie en su condición de cardenal y arzobispo, Antonio María Rouco quiso convertir la Iglesia española en un reducto del conservadurismo más estéril, en una catapulta de los movimientos cristianos que se pusieron de moda a la sombra de Wojtyla, y en una oposición política que, abiertamente inclinada hacia el PP, ejercía su labor desde los púlpitos. Su celo político le llevó a confundir las orientaciones pastorales con una especie de dictámenes jurídicos que siempre puso al servicio del patriotismo constitucional de Aznar. Su alineamiento con el pacto antiterrorista y la Ley de Partidos, su aversión al nacionalismo y su enfrentamiento con los obispos vascos, le valieron alguna bronca del Vaticano. Y por eso espero que el propio Rouco Varela se haya percatado de que su sutitución por el obispo de Bilbao es como una rectificación de su política -nunca mejor dicho!- en todos los frentes. En contra de su fama de intelectual europeísta, la etapa de la Conferencia Episcopal dirigida por Rouco pasará a la historia como un ejemplo de ramplonería doctrinal y aislamiento social. Su deseo de controlar el aparato de la Iglesia española le llevó a inspirar una renovación episcopal empobrecedora, más preocupada por asegurarse la fidelidad de sus colegas que por dotarnos de obispos capaces de enfrentarse con la fuerte crisis que sufre la Iglesia católica. Y por eso hay que entender esta inesperada derrota como la lógica reacción de quienes, habiendo subido al episcopado de la mano del propio Rouco, están convencidos de que no se pueden seguir tensando todas las cuerdas sobre una sola clavija. Pero la lectura más interesante de la elección de Blázquez ha de hacerse en relación con la sucesión de Juan Pablo II. Porque, si esto acontece en una Conferencia Episcopal hecha a imagen y semejanza del perdedor, y en un contexto de cambio pendular que muchos cristianos esperamos, creo que el ocaso del cardenal es extrapolable a la Iglesia universal. Así lo espero y se lo pido a Dios.