LA CORRUPCIÓN es tan antigua como el poder mismo. No hay que remontarse a mayores clasicismos. Quién no recuerda en Galicia el amargo dibujo de Castelao en que un paisano, implorando o pagando ?no sé? un favor recibido, entrega un jamón al cacique mientras éste le dice con reproche: «E logo, ¿o porco era coxo?». O aquella oda festiva de Otero Pedrayo en que el jamón, siempre simbólico protagonista, aparece ensalzado, entre otras, con la virtud de ser capaz de «amolecer» la negativa de los funcionarios estrictos en el cumplimiento de su deber. Los castellanos, más directos, dicen sin retranca que «no hay cerradura, si es de oro la ganzúa». Pero que el vicio sea general y antiguo no justifica su impertérrita persistencia y tampoco cualquier actitud transigente. Porque cada vez es mayor el riesgo de llegar a considerarlo inevitable, producto de la innata condición humana. O, incluso defender ?como el publicista norteamericano Moisés Naim? que la corrupción es conveniente, pues libera la agresividad para el atesoramiento económico que luego creará empleo para los desfavorecidos. Y porque ?concluye? impide el acceso a los cargos públicos de personas honradas. Pero débiles y todavía respetuosas del Derecho y, por tanto, mucho menos «interesantes» y productivas para el sistema que los capaces y agresivos ejecutivos militantes de este desvergonzado pensamiento ultraliberal, complaciente con el soborno y la codicia. La corrupción tiene que ver con este tipo de ideas, pero también con algo mucho más circunstancial y fácil de resolver si se quiere ?mediante la limitación de mandatos?, cual es la dilatada permanencia en el mando de determinados partidos, sin lugar a la renovación política. Los romanos decían que «las aguas que no se mueven se corrompen».