DECÍA Shakespeare de Cleopatra: «La edad no podrá marchitarla ni la rutina helará su variedad infinita». Lo recordaba hace unos días una columnista norteamericana, Maureen Dowd, al comprobar con agobio como las actrices de Hollywood se van pareciendo más unas a otras: en la forma de vestir, en los recursos de peluquería y, por supuesto, en los arreglos quirúrgicos. La escritora identifica un proceso parecido en la calle. Una especie de esclavitud de la belleza física, un deseo de gustar según unos cánones -encima, oscilantes, variables- que se atienen sólo a las apariencias. Al intento vano de no envejecer físicamente, como si la edad no escondiera su propia belleza. El colmo se manifiesta ya en la multitud de adolescentes -a veces empujadas por sus madres- que se acercan día tras día a las mesas de los cirujanos sin necesidad real. Alguien les está ocultando a esas jóvenes la verdad sobre la verdadera belleza, sobre esa «diversidad infinita» que la edad no puede, no sabe robar. Alguien las está condenando a ser iguales, monótonas, sin más recursos que el remodelado o el empaquetado, cuando podrían seguir siendo siempre atractivas en un sentido más pleno, menos pasajero. paco.sanchez@lavoz.es