El amigo americano

OPINIÓN

SE LE HAN DADO ya demasiadas vueltas al saludo de Bush a Zapatero en Bruselas la pasada semana: el famoso «Hola, ¿qué tal, amigo?». Y se ha dicho y escrito que había sido premeditado en todos sus términos por parte del presidente estadounidense. Yo creo que pudo serlo, medido y elegido, porque no creo en la capacidad que algunos le atribuyen a Bush para la improvisación, la ironía o la burla. El inquilino de la Casa Blanca quiso escenificar el actual estado de las relaciones, y lo hizo. Breve, pero no descortés, lanzó un escueto «amigo» en español que se refería más a la proximidad entre ambos países que a las simpatías mútuas -inexistentes- entre los dos líderes. Llevar la anécdota más allá es jugar a los despropósitos o a los vanos esfuerzos de adivinación. Sin embargo, muchos analistas han echado mano de ese saludo para apoyar sus argumentos: unos para explicitar la insignificancia mundial de Zapatero; otros, para apuntalar la existencia de una clara conciencia de amistad entre España y EE. UU., al margen de lo mucho o poco que se estimen sus líderes. Cada uno ha tratado de llevar el agua a su molino ideológico o partidista, quizá sin darse cuenta de algo básico y esencial: las relaciones entre nuestro país y la superpotencia americana no son sólo políticas, sino que tienen amplios márgenes en espacios aledaños. Y esto no ha cambiado ni tiene visos de que vaya a cambiar. Lo criticable desde la ponderación y la objetividad es que, siendo real e incuestionable esa amistad que se manifiesta en distintos ámbitos, no se vea reflejada en la agenda de ambos Gobiernos. Zapatero acusó a los populares de estar siempre pendientes, antes y ahora, de EE. UU. Pero las gestiones que están llevando a cabo Moratinos (por fin se verá con Condoleeza Rice el 15 de abril) y Bono demuestran que también al presidente del Gobierno español le preocupa esa agenda vacía. Y esto es lo responsable. Francia y Alemania han recompuesto las suyas con EE. UU. sin hacer concesiones humillantes o deshonrosas. España debe hacer otro tanto. Y la arrogante Administración Bush rozaría la estupidez si prolongase el silencio con un país amigo. Aunque no le guste Zapatero.