HAY QUE SEGUIR con atención los reportajes de Pablo González sobre la inversión del ministerio de Fomento en Galicia. Sus datos muestran cómo se comporta el poder político; cuáles son las intenciones que le mueven al ordenar el gasto público; qué intereses defiende bajo la disculpa honorable de actuaciones teóricamente basadas en los grandes principios de solidaridad, promoción de regiones desprotegidas o actuaciones basadas en criterios sociales. Todo eso es mentira. Es, por lo menos, una clamorosa falta a la verdad. En los datos publicados, lo primero que resalta es que Galicia -y quizá sólo sea un ejemplo- interesa cuando hay elecciones. Como las últimas se iban a celebrar el 14 de marzo de 2004, el gobierno central se volcó durante los dos meses previos, enero y febrero. En esos sesenta días, la licitación en ingeniería civil para Galicia superó los 1.400 millones de euros. Durante los diez meses restantes del año, la licitación no superó los 215 millones. ¿Es que se habían resuelto todos los problemas? ¿Es que habían terminado todas las obras? ¿Es que no quedaba nada que hacer? No. Es, sencillamente, que las urnas quedaron atrás. Ya no había que seducir a nadie. Pasado el día, pasó la romería. Estamos, por tanto, ante una descarada intención de compra de votos. La única diferencia con los tiempos de Romero Robledo es que no los compran casa por casa, sino en grandes operaciones masivas de gasto, que sirve de propaganda. Claro que hay otra circunstancia que agrava el diagnóstico: el 14 de marzo no ganó las elecciones el partido que había ordenado esas inversiones. La ganó el Partido Socialista, que tenía otras prioridades, como después demostró el futuro del Plan Galicia. Hubo meses, como el de septiembre, en que la licitación fue prácticamente nula, con sólo medio millón de euros. Las adjudicaciones fueron insignificantes. Que no se extrañe, por tanto, el Partido Socialista del clima de opinión creado en la Comunidad: Alvarez Cascos fue un ministro inversor; Magdalena Álvarez nos ha dado la espalda. Se podrán hacer las matizaciones que se quieran, pero ésa es la realidad desnuda. ¿Qué podemos pensar los gallegos que ocurre? Que Cataluña y Andalucía han sido las regiones que le dieron la victoria al PSOE, y el PSOE les corresponde con generosidad. Como Galicia tiene fama de ser un vivero de votos conservadores, le dan la espalda. Si esto es así, y así lo parece, ¿qué comportamiento político revela? Una gran impudicia en la administración de los fondos públicos: la palabra «partidismo» se queda pequeña. ¿Y qué significa la solidaridad? Es un concepto para usar en los discursos. Sólo eso. En la práctica, es atropellada por el interés electoral.