ES CIERTO que hace un frío que pela. Es cierto que la población envejece y también que existe una tendencia clara a acudir a los hospitales con dolencias que podrían ser perfectamente atendidas en los centros de urgencias de la asistencia primaria. Es cierto, incluso, que varios hospitales gallegos tienen muy avanzadas obras de ampliación esperanzadoras. Pero aun así, ¿es inevitable que se repitan una vez tras otra las imágenes tercermundistas de urgencias hospitalarias atiborradas de pacientes que tienen que esperar horas en un pasillo antes de ser atendidos? ¿Tan difícil resulta reforzar unos servicios sobrecargados, al menos para que el paciente se sienta atendido y no sume a su enfermedad la angustia de creerse abandonado? ¿Era imposible prevenir una ola de frío tan anunciada?