MARIANO Rajoy ha dado por rotas las posibilidades de diálogo y consenso con el PSOE sobre el futuro modelo territorial de España, después de conocer el contenido de la carta de José Blanco a Ángel Acebes con la relación de los interlocutores socialistas y el temario elegido. Rajoy ha estimado que ni las personas ni los temas se corresponden con lo que él acordó con el presidente Zapatero. Al mismo tiempo, CiU ha anunciado que «da por rotos los puentes de diálogo» con el presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, sobre la reforma del Estatuto, salvo que el presidente haga «una rectificación en toda regla». Para colmo, en este caso ha surgido la original mediación de Carod-Rovira con la salomónica conclusión de que se equivocó Maragall y se equivocó el líder de CiU, Artur Mas, y que ambos deben rectificar. Y, desde el País Vasco, Ibarretxe ha completado el panorama de general conciliación al asegurar que hará un referéndum después de ganar las próximas elecciones, sin abonarse a más negociaciones o diálogos. Es como si los ánimos dialogantes se estuviesen enfriando en nuestra política a la misma velocidad que lo ha hecho la temperatura en el país, con vientos fríos, nieve y heladas. Y, sin embargo, como me decía el lunes una fuente de La Moncloa, la percepción general es que las cosas van bien, la economía funciona, los empresarios y los sindicatos están satisfechos y Mar adentro logró el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. ¿Qué más se puede pedir? Pues se puede pedir más, porque si todo es faramalla y ruido, estaría bien que se nos dijese. Si el PSOE y el PP no van a negociar el futuro modelo territorial de España, ¿por qué no decirlo y dejarse de marear la perdiz? Si Carod-Rovira es el gran integrador catalán que busca la armonía entre todos y se encarga de comprender y disculpar los errores de Maragall y de Mas, ¿por qué andar denostándolo, pobre criatura? Y si Ibarretxe no se baja del burro sino que, animado por los sondeos, lo espolea, ¿cuál es la novedad? Sin embargo, quizá es la hora de quejarse de una política tan confusa, en la que es muy difícil separar el grano de la paja. Quizá porque la paja es ya demasiada. Y distrae.