SIEMPRE tuviste rayos x en los ojos, como un superhéroe. Fuiste la primera que te enteraste de que aquella mujer estaba triste. Viste a su marido borracho por la mañana en un bar. -Estaba allí, tomaba cubatas y tenía la mirada perdida. No veía las olas -me contaste. Luego le vimos medio borracho y borracho a todas horas. Ella contó las mentiras, el dinero que le robaba, es que me asaltaron. Era para la máquina. Lo odio, decía, por el tiempo que siguió con él para nada. -Es por el niño -se repetía. Y también la vimos en el portal con un ojo morado bajo el telón de un mechón de pelo y la cabeza hacia las baldosas, baja, como herida, y el paso rápido. Y, más tarde, nos dijo que al fin se había separado, que no podía más. Y ella te contó entonces que una noche le puso un cuchillo en la punta de la barriga y que no lo mató porque no sabía si lo iba a saber matar. Ella es enfermera y ve cómo, hasta los muertos del hospital, tardan tanto en morir. -Temía no matarlo y que le diese una paliza a mi hijo. El niño tiene unos ojos preciosos, sabe contar hasta seis sin equivocarse y pidió por su cumpleaños un spiderman. El amor conyugal no viene de yugo. cesar.casal@lavoz.es