El titán vulnerable

OPINIÓN

NACIERON a finales del siglo XIX, como una fuga retadora hacia el firmamento, en una suerte de competición entre paralelepípedos surgiendo de una alfombra-plaza y zigurats estirados hasta lo inverosímil. El rascacielos es una suma simbólica de poder y sombra, como lo fueron las cúpulas de San Pedro de Roma y San Pablo de Londres, proyectando la silueta protectora o amenazadora de la Iglesia, o la torre del Mangia, emblema del orgullo de la República de Siena. La mejor esquina de Nueva York es el Flatiron, un edificio simplemente alto, que compensó con clásicas maneras una osadía limitada. Y de la esquina a los grandes iconos: el Chrysler, la ostentación, con su agudo fastigio que parece pinchar la membrana de la estratosfera; el Rockefeller Center, el proyecto urbano; el Seagram, el canon... La mejor literatura y filmografía evocan los rascacielos. Fritz Lang escenifica los conflictos sociales en un entorno art déco , King Kong se despeña desde la cumbre del Empire State, y el Gary Cooper de El manantial viene a ser el trasunto de aquel Wright genial que llegó a intuir un edificio de 1.600 metros. Manhattan es casi perfecta. Cada edificio fue una dura prueba para promotores y arquitectos, que tuvieron que repensar una y mil veces sus proyectos atendiendo no sólo a la función, sino también a las estrategias de luz y sombra, vistas y aireación, en un período de capitalismo feroz. A medida que la ciudad emergía de la cota 0, los trabajadores trepaban por el entramado de pilares y jácenas, haciendo arriesgadas acrobacias para recibir los roblones que ensartaban las piezas del mecano. Desde la parte alta de Central Park, el downtown parece una agrupación lítica erizada en torno a un lugar ritual, como un crómlech, o un inmenso objeto de land art , o quizá un eco contemporáneo y magnificado de las torres de San Gimignano. El largo tiempo dedicado a su confección es el mismo que hace mejorar su perfil a medida que envejece. Mientras en Beijing se destroza la trama histórica para crear una amalgama de volúmenes y materiales y en Shanghai crece un bosque de pináculos triviales, en Europa, ya superadas las tentativas de Montparnasse, la Torre Velasca, la Plaza de España, se densifican y se reurbanizan con mayor o menor acierto amplias zonas con operaciones en vertical: la Défense, los Docks, el Forum 2004 o la Alexanderplatz. Creo que en tiempos de recorrido corto es difícil hacer ciudad. La buena factura de la urbe en altura se consigue con la calma necesaria para convertir la idea en proyecto y la sabiduría para gestionar la tensión que genera su puesta en escena, sabiendo que la escala juega a favor. Hay que ser un gran arquitecto para diseñar buenos rascacielos, pero hay que tener muy pocas luces para que no resulten cuando menos discretos, porque lo grandioso siempre provoca admiración. Cuando aparece la tragedia, el titán demuestra su vulnerabilidad ante nuestra forzosa impotencia. Sencillamente, no podemos hacer nada. Aquella imagen del edificio inmenso que producía asombro e inducía a su latría se convierte en ruina y ceniza. Para paliar el dolor de la herida abierta, se rellenará la huella con algo más grande todavía. Los humanos nunca nos cansaremos de iniciar nuevas torres de Babel, pero el presagio divino del memento homo parece estar siempre presente.