EL MARAGALL de Galicia se llama Fraga Iribarne, y no tiene sentido seguir analizando el país como si don Manuel no fuese real, o como si pudiésemos llegar al mismo sitio que los catalanes bogando en dirección contraria. Lo que el presidente dijo ayer en el Parlamento tiene una lógica aplastante. Y el hecho de que no nos guste, o que nos parezca perjudicial para el futuro de nuestro país, no nos exime de la obligación de contrastar nuestros deseos con la tozuda voluntad del pueblo soberano. Para recorrer el camino de reformas iniciado por Cataluña, resulta imprescindible que la mayoría parlamentaria asuma el liderazgo del proceso y articule el consenso partidario que debe materializarlo. Y por eso resulta imposible emular el modelo catalán eligiendo a un presidente que, lejos de comprender lo que se está haciendo allí, se va al Club Siglo XXI a decir exactamente lo contrario, a restaurar la España de Maura y a proponerle al PSOE una gran coalición antinacionalista y antibisagras. Claro que Fraga jamás engañó a nadie. Nunca dijo que tenía intención de avanzar en el camino que, con métodos distintos, quieren recorrer Ibarretxe y Maragall. Y por eso resulta imprescindible que Quintana y Touriño acepten los hechos, y, en lugar de enfrentarse con Fraga como si estuviesen hablando con Maragall-2, se encaren de una vez con el pueblo gallego. Porque mucho me temo que lo que más le mola al votante finisterrano es este jefe capaz de hacerle desplantes a una oposición desnortada y dividida, dispuesto a exhibir su liderazgo de boina y populismo, y con clara vocación de ir a Madrid a dictar conferencias que, a pesar de haber quedado demodés hace casi un siglo, resultan jaleadas por la opinión pública como gloriosos hallazgos de un hombre de Estado. La lógica de la reforma del Estado debería llevarnos a empezar por abajo. A adaptar la Constitución -como hicieron franceses y alemanes- a la realidad de Europa, a revisar las disfunciones detectadas en veinticinco años de vida democrática, y a marcar con precisión las áreas de juego de las reformas estatutarias. Pero al no haberse hecho así, y al dejar que la fuerza política de las nacionalidades históricas sea la encargada de abrir el proceso y marcar sus horizontes, es evidente que los gallegos no tenemos líderes, ni mayoría parlamentaria, ni voluntad política, ni respaldo electoral para intentar ese camino. Por eso acierta Fraga al poner las cosas en su sitio. Porque aquí, en Galicia, se vota en plan conservador y reaccionario. Lo que sale de las urnas arrecende a sentidiño y a ejemplo para España. Y sólo faltaría que, eligiendo para ello a Fraga, queramos ahora que nos gobierne Maragall.