EL CONSEJO Escolar del Estado ha propuesto que se saque la religión de la escuela. Zapatero no lo respaldará pero tampoco lo negará del todo. En el fondo quieren, como Azaña, que España deje de ser católica. Están por la filosofía de que se transmitan los valores a los estudiantes «de forma transversal, en todos los niveles y etapas». En otras palabras, colar ideologías de rondó, de paso que se enseñan los quebrados a los niños. Cada vez es más habitual que en las escuelas les inculquen visiones segadas sobre los problemas reales, metiéndoles en clase a comecocos insolventes que les dicen que la guerra de Irak fue por el petróleo, o que los americanos son los malos del mundo. O la demagogia de llevar a los niños a las playas gallegas del Prestige con el pretexto de una clase de conocimiento del medio, sin que se los lleve o ilustre sobre los bancos de la sede suiza de la fletadora, o cómo se articulan los oscuros paraísos fiscales del blanqueo de la mafia del mar, idealizada por la farándula gallega. Y así sucesivamente. Hoy vivimos el asalto de la izquierda a la escuela en nombre del laicismo, de la razón y de la libertad. Pero sólo quieren controlarla para ir preparando cantera de futuros votantes. No les importan sus valores sino sus opiniones, no cuidan su talento sino su comportamiento; los adiestran para la pancarta, el hedonismo y el relativismo moral. Y en su proyecto estratégico de control les molesta la religión, la Iglesia y todo lo que no sea propenso a su orientación de voto. Porque si realmente quisieran educación con valores y calidad profesional, abrirían las puertas a la libertad de enseñanza y de elección de centro, de programas, religión, secularidad, métodos y proyectos. Que eligieran padres y alumnos, y que el Estado diera los recursos a los estudiantes que hoy da a los centros. Para que ellos decidieran, y profesores y organizaciones compitieran por la matrícula. Como hace todo quisque en la sociedad. Tenemos valores cuando competimos en libertad, porque nadie nos compra nada si somos fraudulentos. La ética se deriva de la razón y la experiencia colectiva. Si los demás tienen libertad para elegir nuestro producto, desarrollaremos valores que avalen nuestra fiabilidad. La Iglesia también debería defender ese modelo, porque tiene oferta, personal y espiritual, con la que competir en el mundo del César. No se trata de la alternativa religión sí o no, sino de libertad sí o no. La buena religión no está reñida con la formación, todo lo contrario, pero su plenitud sólo se alcanza desde la libre opción. Lo mismo es aplicable al conocimiento científico. Por eso hay que defender el derecho de elección educativa contra el nuevo dirigismo subliminal de la nomenclatura laica. Ellos (y ellas) sólo quieren el monopolio de la uniformidad progre, financiada con los impuestos obligatorios de paganos y cristianos. La alternativa es la libertad para enseñar y aprender.