NUESTRO PAÍS se caracteriza por una gran profusión legislativa. Nos encanta elaborar leyes; lamentablemente, no gusta tanto su cumplimiento, una afirmación que podríamos acompañar de infinidad de ejemplos, alguno de los cuales está caldeando la vida política del país en este frío invierno y dando alas a los asesinos para seguir sembrando bombas. En menos de dos años vamos a tener dos legislaciones antagónicas sobre reproducción asistida. No creo que sea muy pedagógico; la idea que se está transmitiendo a la ciudadanía es que la regulación en estos asuntos depende, una vez más, de quien ocupe la poltrona del poder. Sinceramente, pensaba que España caminaba hacia una democracia adulta, en donde los asuntos públicos -especialmente los relacionados con la biomedicina, un terreno resbaladizo donde los haya- se examinaban y debatían con rigor y serenidad, pero se ve que fue un sueño, una ilusión. Esto ocurre justo cuando el proyecto de Declaración de Normas Universales de Bioética promovido por la Unesco ha entrado en su recta final de elaboración, tras cuatro años de estudios, discusiones y audiencias públicas, justo lo contrario de lo que acontece en nuestra piel de toro, que lo que importa son las prisas, la etiqueta de progresista y la foto, todo ello porque nuestros gobernantes se mueven en el corto plazo, pues siempre hay en el horizonte unas elecciones que ganar. Parece que ZP esté gobernando para las minorías, contentando a unos y otros y, de este modo, granjeándose las simpatías necesarias para mantenerse en el poder. Estoy convencido de aquello en lo que creo, pero todavía lo estoy mucho más de que puedo estar equivocado. El valor de una afirmación depende de la validez de los argumentos que se utilizan. Toda decisión o práctica que entre en el ámbito de la bioética deberá adoptarse y aplicarse de manera transparente y abierta, ser objeto de un debate informado y pluralista, evitando los antagonismos de intereses y obligaciones. No comparto la oposición simplista y dogmática a la manipulación genética en animales, plantas y seres humanos, como bien saben los que me siguen habitualmente, y que más de un disgusto me ha ocasionado. Pero tampoco me parece de recibo la frivolidad con la que estos asuntos se están tratando por parte de este Gobierno y de algunos medios de comunicación, con informaciones sesgadas, ambiguas y jugando la baza de la pura emoción.