DESDE el establecimiento de las zonas de exclusión aérea en Irak, los kurdos del norte del país han trabajado muy duro para demostrar, primero a sí mismos y después al resto del mundo, que son un pueblo capaz de gobernarse de forma pacífica y democrática y que su identidad es única y diferente. Los casi dos años de libertad tras la invasión norteamericana les han servido para prosperar a pasos agigantados mientras sus vecinos del sur se sumían en las tinieblas sangrientas del terrorismo extranjero. Y esta prosperidad no exenta de muchas dificultades se debe a que los kurdos, tras décadas de engaños, represalias y traiciones, llegaron a la sencilla conclusión de que sólo la unión les permitiría salir adelante. Pese a las diferencias ideológicas que han tenido que superar los dos grandes partidos kurdos en Irak (el tradicional y de base tribal Partido Democrático del Kurdistán o PDK, liderado por la familia Barzani, y el más moderno y de tendencia comunista Unión Patriótica del Kurdistán o UPK, liderado por el más urbano e intelectual Yalal Talabani), han podido llegar a un acuerdo para presentar una candidatura única que les permitirá hablar como una voz que representa al 20% de la población en la futura Asamblea Constituyente de Irak. Los kurdos no quieren perder ni un solo voto, necesitan toda la fuerza posible porque saben que, aun siendo una minoría muy importante en el país y aun pudiendo vivir pacíficamente como Estado autónomo dentro del marco iraquí, tanto Turquía como Siria e Irán harán todo lo posible para limitar sus avances políticos, sociales y económicos. El ejemplo de un Estado kurdo culto, rico y democrático podría cundir en sus países amenazando con la segregación de sus territorios para constituir un Kurdistán libre. Los kurdos iraquíes, pese a tragedias como la gasificación de Halabya, los destierros masivos de civiles, la arabización violenta de Kirkuk, han sido los que han vivido con más libertad y autonomía. Por ello, y aun aspirando a la justa independencia, prefieren aceptar una amplia autonomía que les permita, por primera vez en ochenta años, vivir en paz entre ellos y con los demás, sin que su existencia suponga una amenaza para los derechos que tanto les ha costado conseguir.