A PESAR de que están de moda los detractores, hay que decir que son muchas las biografías que dignifican el deporte del boxeo. Y una de las que más lo hace es sin duda la del alemán Max Schmelling, campeón del mundo de los pesos pesados en los años treinta. Falleció la semana pasada, a los 99 años, y fue enterrado el viernes en Hamburgo, entre el reconocimiento del público y de las fuerzas políticas. No en vano estaba considerado como el mejor deportista alemán de todos los tiempos y, algo más importante, como un hombre que, en plena euforia nazi, se negó a convertirse en el símbolo de la superioridad de la raza aria. Ni en sus noches de gloria, en las que derrotó a colosos como Joe Louis, El bombardero de Detroit, en 1936 (por entonces aún imbatido) o a Jack Sharkey seis años antes, fue más grande que cuando se negó a ser o representar más que lo que era: un boxeador pétreo y caballeroso que no se dejó arrastrar por la fama ni por las pasiones que despertaba. Admirado por varias generaciones, Max Schmelling deja tras de sí unas páginas muy hermosas en el libro del boxeo, un deporte hoy denostado por quienes jamás supieron ver en él más que brutalidad. Su vida tenía la entereza de sus puños.