CUANDO COMENCÉ el bachillerato los chicos y las chicas subíamos a clase por escaleras diferentes. Además de las faltas de asistencia, que, inexorables, figuraban en el parte cada vez que un alumno hacía novillos (latar, decíamos nosotros) existían también faltas de orden. No diré yo -pese a que, al parecer, se ha puesto de moda en estos días de revisión universal- que en mi instituto sufriéramos los rigores de una escuela calvinista. No era así. Creo, por el contrario, que, globalmente, los centros públicos de España resultaban, en el tránsito de los sesenta a los setenta, lugares habitables, donde el rigor estaba casi siempre corregido por normas razonables de justicia. Sin embargo, y pese a ello, me imagino que a la mayoría de los chavales actuales les sorprenderían los motivos por los que entonces podíamos ser sancionados con una falta de orden quienes somos ahora sus mayores: por gritar en clase, por ejemplo. O por pelearnos, cosa que no solía ocurrir si estaba presente un profesor. O por insultar gravemente a un compañero. ¿Por insultar o agredir a un profesor? Seguro que también, aunque no recuerdo que tal cosa sucediera nunca durante los siete años que duró mi bachiller. Todo eso ha cambiado, como no podía ser de otra manera. Para lo bueno, que ha sido mucho, desde luego, pero también, ¡ay!, para lo malo. Lo bueno parece tan evidente, que huelga mencionarlo: los chicos han ganado en libertad, en igualdad, en autonomía y capacidad de información, cosas todas sin las cuales es imposible vivir en una sociedad abierta y conflictiva, donde cada uno tiene desde muy pronto la posibilidad de decidir. Pero lo malo, como en la vida acontece tantas veces, ha entrado, agazapado, de la mano de lo bueno. Para decirlo de una vez: hemos sido capaces de acabar con un sistema de valores basado en la desigualdad y en la ciega jerarquía, en el miedo al pecado, en la discriminación social y sexual, y en la condena del placer, pero no hemos conseguido colocar en su lugar un código alternativo de valores. No es que no lo hayamos intentado, ni que tal código no exista: es que no lo hemos conseguido. Las razones son numerosas y están bien a la vista: desde la crisis del tradicional modelo de familia, hasta la irrupción incontrolable de la televisión o de internet, desde la atomización social provocada por la moderna vida urbana hasta el proceso galopante de secularización. Todo ha contribuido, en su medida, a que hayamos fracasado y a que donde antes había un mundo de valores que -no lo duden- ya nunca volverá, haya ahora un espacio vacío: nada más. Y -es bien sabido- sobre donde nada hay, nada puede construirse.