EL CONGRESO de los Diputados ha vuelto a ser humillado como el 23-F, como el 3 de enero de 1874. Ahora con premeditación y alevosía, pues el protagonista había sido invitado. Y es una autoridad que debería estar doblemente obligada a defender la Constitución y la Ley que le conceden su jurisdicción, y que pese a su hipócrita mansedumbre esconde una tarjeta de visita favorecida por la violencia y la conculcación de los derechos humanos, incluido el derecho a la vida, todo un currículo para que nos venga a amenazar a los españoles con que si no se le dan más privilegios para que entre todos le paguemos a escote sus juergas de señorito irresponsable, va a hacer lo que le dé la gana. Y es que en esta España del revés, algunos pueden hacer cualquier cosa sin que parezca importar la Ley, o el respeto en que se basa la convivencia. Otros, los violados, son acusados de crispadores y fachas por resistirse a la violación. Y otros más quieren mediar entre unos y otros invitándoles a dialogar en vez de emplear los recursos que la Ley les otorga para evitar el delito y proteger a los ciudadanos. Para colmo, con su contumaz oportunismo, ZP cita incoherentemente nada menos que al presidente Jefferson, que se encargó de unir y engrandecer la gran Nación americana, pacifista convencido que, para defenderla, no dudó en enviar a la Marina de guerra contra los berberiscos del norte de África, para decirnos que hay que hacer de la capa un sayo, según convenga electoralmente al PSOE. Por favor, mire S. E. a socialistas actuales, lúcidos y valientes como Maite Pagaza. Y es que se añora a un García Lorca que nos glose el prendimiento del nuevo Antoñito el Camborio: «Y a la mitad del camino, bajo las ramas de un olmo, guardia civil caminera lo llevó codo con codo». Pero aún más se echa de menos un auténtico presidente del Gobierno de España.